Cambiar el Congreso brasileño para preservar la vida del planeta
BrasilUna de las más importantes científicas del clima, la brasileña Luciana Gatti, sorprendió al anunciar su candidatura a diputada federal en las elecciones de octubre de este año. La lógica de Gatti, que lleva tres décadas investigando la Amazonia y el impacto de los gases que provocan el calentamiento global, generados en gran medida por la explotación ganadera en la selva, es cristalina. «La situación [climática] va hacia el caos. Tenemos que hacer algo distinto, salirnos de lo habitual. Lo que el Congreso está haciendo [al destruir las leyes que protegen la naturaleza y dificultan la demarcación de las tierras indígenas] acelerará el fin de nuestras vidas», explicó en una entrevista a la plataforma amazónica Sumaúma. «No podemos quedarnos contemplando este Congreso del absurdo, de la ignorancia, y limitarnos a seguir en nuestro rinconcito haciendo ciencia. La tarea de todos es cambiar el Congreso».
La decisión puede parecer radical o incluso desesperada, pero éticamente es quizás la única que tiene sentido. La científica, como otros que se proponen dejar los laboratorios para competir por un escaño en el Congreso, sabe mejor que la mayoría lo que sucede: la selva tropical más grande del planeta ya emite más carbono del que absorbe en la parte brasileña. En 2024, absorbió 476 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, pero emitió 755 millones, es decir, 279 millones de toneladas más de las que absorbió. Eso significa que uno de los grandes sumideros de los gases que provocan el calentamiento global del planeta está colapsando.
Estudios como los de Gatti y sus colegas demuestran que, en las zonas deforestadas, las temperaturas aumentan y las precipitaciones disminuyen. De la salud del bioma amazónico, gran regulador del clima del planeta, dependen las lluvias de Sudamérica. Esta maravilla, creada a lo largo de más de 50 millones de años, se ha ido destruyendo con ahínco en poco más de 50 años y, en los últimos, a un ritmo aún más acelerado. Si se muere, moriremos.
Esa es la dimensión de lo que está en juego en las elecciones brasileñas. Y debería interesarle al mundo. El Gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro (2019-2022) agravó – y mucho- la destrucción de la selva. Pero el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva al poder, a partir de 2023, no ha salvado la Amazonia. En parte porque es un Gobierno formado por una amplia coalición de hasta 11 partidos, que cuenta con defensores de la agroindustria y de los combustibles fósiles en ministerios importantes; y también porque Lula pertenece a la parte de la izquierda global que aún cree que es posible reducir la desigualdad arrancando materias primas de la naturaleza.
Pero, sobre todo, porque el Gobierno no tiene mayoría en el Congreso y porque la mayor parte de la Cámara de los Diputados y del Senado está dominada por políticos vinculados a los principales vectores de deforestación y contaminación: las industrias de la carne, la soja, la minería y los pesticidas.
El actual Congreso ha destruido gran parte de la legislación medioambiental y dificulta cada vez más la demarcación de los territorios de los pueblos originarios. La regularización de la minería en tierras indígenas es el siguiente paso en el avance sobre la selva. Aunque la disputa por la presidencia es la más visible y quienes conocen la realidad saben que la Amazonia posiblemente no sobreviviría a otro Gobierno de extrema derecha, el foco está puesto en el Congreso. La extrema derecha se afana por ampliar su dominio, sobre todo en el Senado, la única institución con competencia para destituir a magistrados del Tribunal Supremo. Como en los últimos años la Corte le ha tumbado algunas leyes por considerarlas inconstitucionales, su objetivo es poder eliminar barreras a su abuso de poder.
Quienes se agrupan bajo el paraguas de «progresistas» también se concentran en la disputa por el Congreso, pero por motivos opuestos. El regreso de la extrema derecha al Ejecutivo, esta vez con Flávio Bolsonaro, el primogénito del expresidente, sería catastrófico para el país y pondría a casi toda Sudamérica bajo la tutela de Donald Trump. Pero cuatro años más de un Legislativo como el actual, incluso con la reelección de Lula, agravarán el colapso climático y provocarán la muerte de muchas más personas.
Marina Silva, diputada federal y exministra de Medio Ambiente y Cambio Climático de Lula, ahora precandidata al Senado, logró reducir la deforestación en la Amazonia. Pero no basta con reducir. La terrible media es de cinco árboles asesinados por segundo. Pero, aunque la deforestación fuera cero, la aceleración del colapso continuaría. Solo hay una salida: reforestar la selva. Es lo que afirman científicos-candidatos como Luciana Gatti. Del próximo Congreso brasileño depende la vida mucho más allá de las fronteras de Brasil.
Eliane Brum
EL PAÍS