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¿Un Milei recargado por las «fuerzas del cielo»?

Argentina

Javier Milei comienza la segunda mitad de su mandato fortalecido por el efecto de las elecciones de medio término de octubre pasado, en las que consiguió plebiscitar su gestión y aumentar su representación parlamentaria. El mandatario argentino ha logrado cooptar a la mayor parte de la derecha y se beneficia de la crisis del peronismo, hoy sin liderazgo ni proyecto alternativo.

Pablo Stefanoni

A fines de diciembre, el presidente Javier Milei les hizo a sus ministros un regalo de Navidad: un ejemplar del libro Defendiendo lo indefendible, de Walter Block, un anarquista de derecha partidario de mercantilizar todos los aspectos de la vida social. Muchos fueron a buscar el libro, desconocido en Argentina, y reprodujeron extractos de sus apartados más álgidos, como la defensa de proxenetas, narcotraficantes y chantajistas frente a la intervención estatal. Block reivindica, además, el derecho a discriminar, el trabajo infantil y la necesidad de mercados de órganos y de niños. Todo ello -aclara- en ausencia de «violencia física», solo mediado por la oferta y la demanda. Nada que no haya escrito Murray Rothbard, el ídolo de Milei, en su prolífica obra.

Con ese gesto, Milei buscó recordar su posicionamiento libertario, que amenaza con verse diluido en el pragmatismo de la gestión. Todo el gabinete de ministros fue obligado a posar con el libro en una foto de familia bastante ridícula, una muestra de la mano de hierro que opera en el gobierno, en gran medida impuesta por Karina Milei. La todopoderosa hermana del presidente carece de cualquier veleidad anarcocapitalista, pero controla gran parte del aparato estatal y el partido, La Libertad Avanza (LLA).

Milei comienza 2026 con una fortaleza política impensable hace unos meses, cuando la mezcla de impericias políticas y fallos en la política económica amenazaban con llevar al «primer gobierno libertario de la historia de la humanidad» al abismo. La fuerte derrota oficialista en las elecciones locales de la provincia de Buenos Aires, el 7 de septiembre de 2025, encendió las alarmas en la Casa Rosada ante el temor de que anticipara un resultado catastrófico en la subsiguientes elecciones nacionales de medio término, y generó a su vez nerviosismo en los mercados, que alteraban peligrosamente el valor del dólar.

Las elecciones de medio término, que se realizan cada dos años, definen en Argentina la composición de la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. En plena campaña, el primer candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires de LLA, José Luis Espert, debió ser removido tras ser acusado, con evidencias, de haber recibido dinero de un narcotraficante. En paralelo, un caso de presunta corrupción con dinero destinado a la agencia que se ocupa de los discapacitados impactó directamente sobre Karina Milei. El Parlamento venía aprobando leyes que erosionaban la motosierra de Milei y este se veía compelido a vetarlas. El escenario era cuesta arriba para el gobierno, o al menos lo parecía.

Finalmente esa derrota no solo no ocurrió, sino que LLA de Milei logró revertir la derrota inicial en la provincia de Buenos Aires y ganar en la mayoría de las provincias argentinas, incluida la de Buenos Aires. Milei planteó las elecciones legislativas como un plebiscito sobre su figura y salió personalmente a disputar el voto, megáfono en mano, como en 2023. La jugada le salió bien.

Ese triunfo puso en crisis la visión predominante dentro del progresismo argentino -e internacional-: que el descontento social frente a la motosierra mileísta y la «política de la crueldad» libertaria, sumado a la crisis del capital moral del gobierno y a una política oficial sectaria que había espantado a varios aliados, tendría un efecto negativo en las urnas. Como escribió la socióloga Maristella Svampa, la victoria del peronismo del gobernador Axel Kicillof en las mencionadas elecciones provinciales «había instalado la idea de que la gente ya había probado lo desconocido y prefería volver a lo viejo conocido, el peronismo, que por lo menos reconoce derechos». Pero la realidad fue diferente. Finalmente, como repite el Milei bíblico, la victoria no depende de la cantidad de soldados, sino de las Fuerzas del Cielo.

Posiblemente, una gran parte del electorado sea escéptica respecto a la promesa libertaria de que Argentina se volverá una «potencia» con las políticas en marcha -Make Argentina Great Again-. El lema oficialista «La libertad avanza o la Argentina retrocede» fue leído en una clave más inmediata: si Milei perdía, el lunes después de las elecciones el dólar y el riesgo país posiblemente estallarían y el gobierno se volvería un pato rengo con dificultades para contener la crisis. Pero si Milei pudo dar cierta certidumbre fue gracias al apoyo político y financiero de Donald Trump y del secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent, quienes prometieron sostener a Argentina costara lo que costara. Además, el mandatario estadounidense, que se propone escribir el «corolario Trump» a la Doctrina Monroe, amenazó con que esa garantía provista por el Tesoro se terminaría de inmediato en caso de una derrota de Milei, quien se emociona casi hasta las lágrimas cuando cuenta sus reuniones en la Casa Blanca.

Pero más allá de las razones tácticas del voto, existe un apoyo ideológico a diversas facetas del gobierno, junto con transformaciones en el campo conservador. En sus dos años en la Casa Rosada, Milei «se comió» a casi toda la derecha: al tiempo que marginaba al ex-presidente conservador Mauricio Macri, cooptaba uno tras otro a miembros de su partido, como en los comienzos del gobierno ya lo había hecho con dos figuras claves del partido Propuesta Republicana (Pro): la hasta hace poco ministra de Seguridad y actualmente espada de Milei en el Senado, Patricia Bullrich, y el ministro de Economía, Luis «Toto» Caputo. De esta forma, Milei lidera hoy el bloque antiperonista; es decir, consolidó como fuerza propia gran parte de los votos de la segunda vuelta electoral de 2023, cuando le ganó al peronista Sergio Massa con 55% de los votos. En las legislativas de 2025 consiguió sumar 40,6%, diez puntos porcentuales más que en la primera vuelta de 2023.

El apoyo a Milei se basa hoy en la reducción de la inflación -y con ello, de la pobreza por ingresos-, el orden en las calles -garantizado por el «protocolo antipiquetes» contra la interrupción del tránsito- y el rechazo al kirchnerismo -llamado «kukismo» por el gobierno, en una poco edificante comparación con las cucarachas-. Bajo este gobierno la Corte Suprema rechazó el último recurso de Cristina Fernández de Kirchner en la llamada Causa Vialidad, tras lo cual la ex-presidenta comenzó a cumplir su condena de seis años bajo prisión domiciliaria.

No son pocos quienes se sienten atraídos por la visibilidad que el gobierno les da a los militares (lo que no significa más poder). No se trata, como en el caso de la vicepresidenta Victoria Villarruel, hoy enemistada con el presidente, de una reivindicación seria de los militares de la dictadura bajo el eslogan de la «memoria completa», sino de actuar como el espejo invertido de las políticas reales o imaginadas del kirchnerismo. En ese marco, la diputada Lilia Lemoine participó risueñamente en un canal de streaming libertario en el que se burlaron de los desaparecidos arrojados al mar en los llamados «vuelos de la muerte» durante la última dictadura militar y aventaron, entre risas, la posibilidad de usar aviones Hércules, en los que entran muchos «zurdos», para repetir la experiencia.

En este tiempo, se vio a granaderos de la custodia presidencial tocar «Panic show», la canción del grupo La Renga de la que Milei se apropió pese al rechazo de la banda, o depositar al niño Jesús en el pesebre. También el gobierno usó la compra de algunos aviones F-16 para sobreactuar nacionalismo -un tipo de nacionalismo escolar-, revivió los desfiles militares para emocionar a los nostálgicos y nombró a un militar como ministro de Defensa, lo que rompió el consenso mantenido desde la recuperación de la democracia en 1983. Esto forma parte de la «batalla cultural» antiprogresista -más nacional-conservadora que libertaria-, que tiene al influencer y escritor Agustín Laje y a la Fundación Faro como activos promotores, beneficiados con apoyos desde el poder que redundan en fuentes de financiamiento privadas.

Al mismo tiempo, Milei se fue ganando el apoyo de las elites económicas. Si en 2023 los ricos preferían la opción más previsible del macrismo y votaron a Milei en la segunda vuelta con dudas sobre su estado psicológico, hoy el apoyo al gobierno es masivo -e incluso entusiasta- en esos sectores.

La fortaleza de Milei tiene como contracara la crisis del peronismo, que no encuentra ni un discurso ni un liderazgo para enfrentarlo. Varios de sus gobernadores son opositores «dialoguistas» que habilitan proyectos legislativos oficialistas; Cristina Fernández de Kirchner ya no acaudilla al movimiento, pero mantiene la suficiente influencia para evitar que lo hagan otros sin su consentimiento; y Axel Kicillof no consigue hasta el momento liderar al peronismo ni ha logrado cantar las «nuevas canciones» que él mismo había reclamado. El discurso parece reducirse a «resistir a Milei», una estrategia defensiva incapaz de ofrecer un proyecto alternativo al ultraliberal con tintes autoritarios del libertario.

Milei consiguió bajar la inflación, su principal promesa de campaña, lo que ordena la vida de la población, sometida años anteriores a más de 100% anual. En el futuro inmediato, el gobierno buscará acumular reservas sin provocar un aumento inflacionario ni devaluar el peso. Todo un desafío.

La política de desregulación, como en la década de 1990, amenaza con reducir el empleo, en medio de una ola de importaciones, pero eso no se sentirá de manera extendida en el corto plazo. Entretanto, también como en los años 90, los masivos viajes al exterior de las clases medias y medias altas, aprovechando el «dólar barato», marcaron un récord, mientras cae la llegada de turismo internacional debido a los altos precios en dólares.

En el gobierno ya sueñan con la reelección de Milei en 2027. Si se repitieran las condiciones actuales podría lograrlo, pero la experiencia de Mauricio Macri (2015-2019) relativiza el optimismo en piloto automático: tras vencer al peronismo en las elecciones de medio término de 2017, este vio la reelección al alcance de la mano. Pero, como suele decirse en Argentina, se «almorzó la cena». Macri fue derrotado en 2019 por el peronismo unido tras unos resultados económicos decepcionantes.

No obstante, el gobierno de Milei termina 2025 con una victoria política: luego de negociaciones y algunas concesiones, logró aprobar el presupuesto 2026 -el primero bajo su gestión-. Ahora, aprovechando su ratificación en las urnas, buscará llevar adelante su reforma laboral y tributaria, además de una política masiva de desregulación. La convicción de Milei es que si la macroeconomía se ordena, la micro se acomoda sola. ¿Funcionará esta vez el derrame? ¿Llegarán las inversiones al «paraíso libertario» regido por el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI)? ¿Podrá Milei evitar la devaluación? (Como dijera alguna vez el periodista Martín Rodríguez, «gobernar la Argentina es gobernar el dólar»). Y, finalmente: ¿se mantendrá el reflujo de los movimientos sociales, golpeados ideológica y organizativamente por el giro a la derecha en el país?

Volvamos al libro del inicio. El regalo a los ministros aparece como un acto compensatorio. Nadie en el gobierno, por buenas y malas razones, defendería lo que escribió su autor. Pero nadie se animó a cuestionar al líder, revalidado este año de manera plebiscitaria, y escapar a la foto. El mayor acto de «resistencia» parece haber sido el del influyente asesor Santiago Caputo, que, de manera consciente o inconsciente, ocutó disimuladamente la portada el libro.

Como escribió el periodista Jorge Fontevecchia, hay una gran diferencia entre el Milei que habla y el Milei que gobierna. Podríamos añadir también entre el Milei profeta y el Milei presidente. Por eso le gusta tanto viajar a las conferencias nacional-conservadoras: en esos escenarios se piensa como «líder mundial de la libertad», sin necesidad de compromisos con nadie. Pero el Milei presidente está lejos de ser el jefe de un gobierno libertario y anticasta.

«La casta ya no tiene miedo» podría ser el nuevo eslogan libertario. Como advierte Fontevecchia, mientras las redes digitales libertarias difunden el nuevo credo oficial, Karina Milei, con los pies en el barro, coopta a viejos políticos: ex-peronistas, ex-radicales y ex-macristas que la ayudan a construir poder, «un poder posible, aplicable, bastante lejos de las ideas que pregonan desde el troll center». El «topo que vino a destruir el Estado desde adentro» no duda en utilizarlo como aparato ideológico y represivo, y parece estar a dos pasos de hablar del hombre nuevo: el homo libertarius.

NUEVA SOCIEDAD

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