Keiko Fujimori en el vecindario derechista
PerúEl Gobierno de Fujimori se estrena como un anacronismo patente sin otro proyecto de país que más de lo mismo. Intentará la vieja fórmula de la gestión tecnocrática sin política, con un Estado averiado
Keiko Fujimori asumió la Presidencia peruana delante de buena parte de la nueva derecha latinoamericana. En las primeras filas estaban José Antonio Kast de Chile, Daniel Noboa de Ecuador, el argentino Javier Milei, entre otros, y podríamos incluir también al embajador de Estado Unidos en el Perú, Bernie Navarro, un trumpista de hipérbole. Ahora bien, más allá de coexistir en esta circunstancia histórica, ¿es Keiko Fujimori parte de esa nueva derecha radical latinoamericana?
Al menos por lo mostrado en su discurso inaugural, no pareciera pertenecer al paquete «Bolsonaro-Bukele-De la Espriella-Milei», por sintetizarlo con un simplismo ad hominem. Todos esos líderes se presentan como salvadores de alguna patria en larga decadencia, se venden como un parteaguas. Lo cual supone tener una lectura histórica del país: épocas distinguibles (de pena y de gloria), un panteón de héroes ideológicos y un atado de chivos expiatorios a los cuales flagelar. (Obviamente, el populismo de izquierda repite estas fórmulas, pensemos en Gustavo Petro o López Obrador).
Pero el fujimorismo no es eso ni puede serlo. En el discurso de Keiko Fujimori no asoma ninguna trayectoria histórica. No hay especificidad nacional peruana. Lo cual es la reiteración de lo viejo: cuando Alberto Fujimori fue elegido en 1990 fue el candidato de la continuidad (quien ofrecía una revolución liberal era Mario Vargas Llosa). Y cuando alguna vez le preguntaron a Alberto Fujimori a qué peruano admiraba respondió que a ninguno. El fujimorismo de los noventa, en ese sentido, fue hijo predilecto del fin de la historia fukuyamiano. Y Keiko es la nieta. La «batalla cultural» debe resonarle como un hashtag de moda pero nunca podría emprenderla. Hace falta algún interés por la cultura.
Este carácter caudillesco y refundacional de las nuevas derechas está a la base de una segunda característica: la voluntad expresa y agresiva por polarizar. Es la razón por la cual Javier Milei necesita cada cierto tiempo que Cristina Kirchner reaparezca: le resulta más difícil ganar por walk over que en medio del conflicto abierto. Es una derecha que rentabiliza la pelea estridente.
Keiko Fujimori, en cambio, no abraza esa estrategia discursiva. No trata al rival de «drogadicto miserable» (de la Espriella a Petro); no se refiere a sus adversarios como ratas y mandriles (Milei); no celebra a quienes torturaron a su rival (Bolsonaro). Es más, cierra su discurso de posesión llamando a la reconciliación nacional. Obviamente, es una frase hueca y aislada. Jamás podría elaborar sobre el trauma que convoca esa necesidad de reconciliación ni tampoco profundizar sobre quiénes serían los actores involucrados en dicha reconciliación. Pero no importa. Mi punto es que no está en el negocio de inducir polarización tóxica. En su discurso no hace una sola mención al gobierno del padre.
Lo cual me lleva a otro punto de diferencia. No hay alarde antidemocrático. Si Abelardo de la Espriella quiere tomar posesión como presidente en una guarnición militar, si Javier Milei asume la presidencia dándole la espalda al Congreso, si Bolsonaro reivindica a la dictadura militar, Keiko Fujimori quiere dar la impresión de cumplir con el ritual republicano.
Y aquí a quien se parece más es a José Antonio Kast. El presidente chileno, al igual que Keiko Fujimori, tiene décadas en la vida política y proviene del autoritarismo pinochetista. En gran parte, debido a esa larga trayectoria – no son outsiders como de la Espriella o Milei- son líderes que la política ha rutinizado. Disrupción es otra palabra que deben tener apuntada sin tener idea de cómo ejercerla.
Ahora bien, si Keiko Fujimori, a diferencia de las derechas contemporáneas, no quiere polarizar, ni refundar, ni reivindicar ¿qué quiere? Quiere que le obedezcan. Y para entender esto debe entrar en escena el personaje principal de su discurso: el Estado. «Estado», la palabra más utilizada. Cito a mi colega Rodrigo Barrenechea: la derecha más estatista de América Latina. Javier Milei debe haber sentido olor a azufre.
Lo cual exige pensar la comprensión del Estado a ojos del fujimorismo. En lo fundamental, se trata de un Estado que se vincula con la ciudadanía desde dos actividades principales: clientelizar y reprimir. De ahí que buena parte del discurso de toma de posesión apuntase a la rehabilitación de programas sociales, algunos con raíces en el gobierno del padre.
Del otro lado, hace una venia explícita a la relación con las fuerzas del orden. Sabe que habrá que disuadir marchas y protestas. Uno de los peores legados de los últimos años de la política peruana es que ha quedado claro que los costos políticos y judiciales de asesinar a ciudadanos que protestan legítimamente son inexistentes. Keiko Fujimori sabe que necesitará preservar ese equilibrio.
Es decir, el Estado a la Fujimori no es, en lo esencial, uno que arbitra las relaciones sociales desde la universalidad imparcial de la ley. Su horizonte es la coima para los de abajo y bala para los revoltosos. De un modo u otro, la ciudadanía es, ante todo, una entidad por disciplinar. Por eso Keiko Fujimori hace campaña bajo el lema del «orden». No el orden que produce el imperio de la ley, sino el que segrega la ley del más fuerte.
Así, el ideal de gobernanza fujimorista no se parece al de las derechas radicales. No le interesa la política, la polarización, la negociación o el ideario. Sueña con un país conducido con caridad para los de abajo y gestión tecnocrática para todo el resto. Cree que es el 2010. Su gabinete de ministros lo prueba. Figuras rescatadas de una época muerta. El Estado se deshilachó en estos años, la economía peruana ya no es lo que fue, los cuadros tecnocráticos en el Estado se desvanecieron, la sociedad se criminalizó, se hizo violenta y muchas de las instituciones clave para contenerla – salud, policía, transporte- fueron perforadas por la propia criminalidad.
Curiosamente, el fujimorismo en los últimos diez años fue un actor clave de ese ataque a la institucionalidad. Pero Keiko Fujimori discursea cual si volviera de un largo exilio. Como la madre de la película Goodbye Lenin, parece ignorar que no vive entre 1995 y 2010. O peor: quizás simplemente no puede pensarlo de otra manera. En su burbuja socio-ideológica el Perú simplemente requiere de un par de carajos, unos indicadores, un gabinete de hombres blancos y encopetados y, luego de eso, sale de la crisis.
En cualquier caso, el Gobierno de Keiko Fujimori se estrena como un anacronismo patente. Sin otro proyecto de país que más de lo mismo. Solo que ya no hay lo mismo. Intentará la vieja fórmula de la gestión tecnocrática sin política. Pero es difícil la tecnocracia sin tecnócratas. Y sin política. Y con un Estado averiado. Sin embargo, no puede apuntar a la resinstitucionalización democrática del país, eso requeriría conectar con una nueva época. Y es exactamente la misma razón por la cual Keiko Fujimori luce diferente de la nueva derecha radical latinoamericana. Así, por el momento, el fujimorismo aparece como una reliquia inconsciente de su condición de antigualla devaluada.
EL PAÍS