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‘Outsiders’: una ola global con lecciones latinoamericanas

América Latina

América Latina vivió antes que el resto del mundo la irrupción de outsiders en la política, como respuesta a la frustración ciudadana y al desgaste de los partidos tradicionales. Lo que en otros países aún sorprende, en la región se volvió rutina y ofrece claves para entender los desafíos actuales de la democracia global.
Fernando Domínguez Sardou

Hace décadas, América Latina se acostumbró a que la política irrumpiera por la puerta de servicio y, sin pedir permiso, se sentara a la cabecera de la mesa. Cuando en 1990 un ingeniero agrónomo de ascendencia japonesa llamado Alberto Fujimori derrotó en Perú al laureado Vargas Llosa, los analistas intuyeron que algo había mutado en el vínculo entre ciudadanía y representación; cuando Hugo Chávez irrumpió ocho años después desde la rendija del antipartidismo venezolano, la corazonada se volvió patrón. Y cuando, ya en la tercera década del siglo, un comediante sin crédito partidario como Jimmy Morales se alzó en Guatemala, un maestro rural como Pedro Castillo sorprendió en Perú y un economista libertario como Javier Milei cabalgó la indignación argentina, quedó claro que los outsiders no eran una anomalía sino un síntoma ineludible de la época.

Así, la sorpresa global ante la elección de Donald Trump, la de un humorista televisivo como Volodímir Zelenski o la irrupción meteórica de Emmanuel Macron se nos hizo extrañamente familiar. Para el sur del Río Bravo, que un magnate, un cómico o un tecnócrata sin aparato propio conquistaran el poder a hombros de la irritación popular era, más que excentricidad, una rutina producto de décadas de ensayo y error. Esto nos decía algo, no solo de nuestro sistema político regional, sino de la dinámica global de la representación y de cómo las sociedades canalizan sus frustraciones cuando los canales tradicionales se atoran.

¿Por qué fuimos pioneros? Porque la región acumuló, antes y con más crudeza, tres fracturas que ahora recorren Occidente: promesas democráticas frustradas por crisis fiscales sucesivas, sistemas de partidos incapaces de metabolizar protestas y un presidencialismo personalista que la cultura popular asume sin escándalo. A ello se añadió un ecosistema mediático que, del talk-show televisivo al algoritmo, premió la estridencia instantánea. Fujimori cantaba villancicos en spots caseros y presentaba a su familia como prueba de “honradez, tecnología y trabajo”; Chávez transformó la cadena nacional en un reality perpetuo; Milei gritó “¡Que se vaya la casta!” en estudios convertidos en coliseos económicos mientras blandía motosierras como símbolo de purga. La desintermediación que hoy Europa descubre en TikTok, América Latina la probó con la televisión criolla de los noventa: cámara cercana, mensaje directísimo y una épica de salvación que saltaba por encima de Congresos, partidos y expertos.

Sin embargo, conviene no confundir al mensajero con la fiebre. Cada outsider vencedor desnuda fallas estructurales —corrupción, desigualdad, desencanto cultural— que la política convencional se resiste a admitir. Demonizarlos solo refuerza su relato antielitista y, lo que es peor, ignora que el votante evalúa resultados con pragmatismo feroz. Fujimori fue premiado mientras domó la hiperinflación y perdió legitimidad cuando forzó un autogolpe; Chávez conservó devoción popular mientras la renta petrolera financió misiones sociales y la evaporó al compás de la escasez; Milei será juzgado por su capacidad de domar los precios y recuperar el salario real, no por su estridencia dialéctica. El éxito o el fracaso de estos proyectos depende menos de su espectáculo y más de hasta qué punto convierten la frustración en bienestar tangible, seguridad cotidiana y horizonte de mérito para millones que carecen de él.

La experiencia latinoamericana arroja, por lo tanto, tres lecciones útiles al debate global. Primera: la respuesta no puede ser blindar la política contra la ciudadanía, sino modernizarla con primarias abiertas, control público en tiempo real y financiamiento transparente que reduzca la distancia moral entre representantes y representados. Cerrar las compuertas solo aumenta la presión de aguas turbias tras la represa. Segunda: los partidos que sobreviven ya no son máquinas clientelares ni catedrales ideológicas blindadas, sino plataformas porosas capaces de alojar movimientos, causas y liderazgos emergentes, incluso aquellos que incomodan a la vieja guardia. Tercera: la competencia sustantiva es por el futuro, no por la nostalgia —aunque a veces no lo parezca—. Cuando la oferta dominante se refugia en el pasado —o en un presente que no convence a la ciudadanía— el terreno queda expedito para el “que se vayan todos” con promesa de refundación exprés.

Mirar a los outsiders con pánico moral o con suficiencia académica impide reconocer que se alimentan de demandas legítimas: representación eficaz, ética pública y resultados palpables. El politólogo Guillermo O’Donnell previno sobre las “democracias delegativas”, regímenes que se legitiman en las urnas pero concentran el poder ejecutivo por la vía plebiscitaria en contextos de Estado débil. Hoy, cuando Estados occidentales votan al filo de la fractura social y coquetean con la política-reality, aquella advertencia suena menos a jerga doctoral que a manual de primeros auxilios constitucionales.

Más que preguntarnos cómo detener a los outsiders, conviene interrogar lo que su ascenso revela sobre nuestras democracias. El riesgo mayor no es que un comediante, un magnate o un economista heterodoxo lleguen al poder; el peligro es que, tras su mandato, las causas profundas de la frustración sigan intactas y se cronifique una política volcánica que erupciona cada pocos años sin remedio alguno. América Latina, pionera involuntaria, ofrece un espejo con vetas de advertencia y de oportunidad. Nos recuerda que la representación política, como la corteza terrestre, se resquebraja cuando la presión social no encuentra válvulas de desahogo. Y también enseña que las grietas pueden sellarse si las instituciones se actualizan, si los partidos se abren —por qué no, incluso, a ciertos outsiders domesticados— y si la ciudadanía se convierte en supervisora cotidiana, no en simple espectadora entre elecciones.
En última instancia, los outsiders no son la excepción: son el recordatorio de que la democracia es un proceso disputado y viviente, cuya legitimidad se renueva proyecto tras proyecto y voto tras voto. Ignorar esa verdad tectónica sería, esa sí, la verdadera anomalía.

Fernando Domínguez Sardou

Candidato a Doctor en Ciencia Política de la Universidad Nacional de San Martín y Magister en Derecho Electoral, Parlamentario y Técnica Legislativa de la Universidad de Castilla-La Mancha. Profesor de Ciencia Política en la Universidad Católica Argentina, Universidad Austral, Universidad del Salvador y Universidad Nacional de Tres de Febrero.

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