Lula: “Mi victoria es una derrota del negacionismo”
Brasil
Decenas de miles de personas llenan la principal arteria de São Paulo de música, festejos y fuegos artificiales
En el subsuelo del InterContinental de São Paulo ya no cabía nadie cuando Lula se encontró con los suyos. La puerta de la sala aguantó una embestida de empujones y codazos para entrar. Los ministros levantaban la mano por encima de sus cabezas para pedir prioridad y evitar que los arrollasen. El primero en reclamar su sitio fue un embajador de un país europeo que daba saltos de alegría tras conocer la victoria. Dentro hubo que desalojar la tarima por riesgo de desmoronarse y la gente acabó sentada en el suelo, unos encima de los otros. Eufórico y con la voz ronca, Luiz Inácio Lula da Silva celebró su inesperado triunfo electoral ante Flávio Bolsonaro como “una derrota de la mentira y el negacionismo”. Lula remontó la desventaja de la primera vuelta ante la ultraderecha y ganó un cuarto mandato con el 52% de los votos.
El presidente se rodeó de su esposa Janja da Silva, que le daba de beber cada rato, el vicepresidente reelecto, Geraldo Alckmin, y toda su tropa de aliados. “Voy a hacer el mejor mandato que un presidente hizo jamás en este país”, declaró, entre aplausos y vítores. Lula acusó a Flávio Bolsonaro de mentir con “desfachatez” y de no tener “una célula de humanismo”. “Parece todo falso”, afirmó sobre su adversario, con quien mantuvo dos tensos debates televisivos en la última semana.
Mientras Lula daba las gracias a los ancianos, pero sobre todo a los jóvenes por haber salido en masa a votar, a pocas manzanas de allí la avenida Paulista llevaba horas llena. Los primeros llegaron pasadas las ocho de la tarde, cuando nadie se atrevía todavía a cantar victoria, pero empezaba a intuirse. Desatada la euforia tras la confirmación de los resultados, la avenida se llenó de decenas de miles de personas con abanicos rojos, puestos de palomitas, altavoces con música y fuegos artificiales. Estaba abarrotada de esos jóvenes que se movilizaron en la recta final de la campaña. “Es muy emocionante poder volver a sentir esperanza”, dice Lorena Rodríguez, que este domingo cumplía 20 años. “Se nos llena el corazón de orgullo cuando vemos a un presidente que nos mira”. La estudiante de artes escénicas tenía miedo de que volviera la extrema derecha: “Ya lo vivimos y fue un terror”.
El líder del Partido de los Trabajadores (PT) se congratuló por haber reducido la abstención respecto a la primera vuelta de hace tres semanas, en la que quedó segundo por detrás del senador ultraderechista. “Puedo garantizar que vamos a cambiar la forma de gobernar este país”, declaró, antes de decir que la comunicación en redes sociales, que fue clave para la remontada, ocupará un “espacio muy grande” en su próximo mandato, que empezará el próximo 5 de enero.
En la avenida, antes del festejo, se sintió sobre todo alivio. Kamylla Oliveira, de 33 años, asegura que llevaba tres semanas con miedo de perder la libertad. Piensa en su hija de 14 años y en los derechos de las mujeres. “Sentí más alivio que euforia”, dice esta nordestina acompañada de su hija y su esposo.
Su marido, Alexandre Oliveira, de 57 años, no ve en el desgaste de Lula un problema. “¿Quién está en el poder y no tiene desgaste?”, pregunta. La izquierda, recuerda, apenas lleva unos 20 años gobernando Brasil; la derecha, desde los tiempos de Pedro Álvares Cabral. Para él, la militancia no es cosa de un partido: “Es unirse por una sola causa”, la de impedir que “una cuadrilla de milicianos se quedara con la llave del país”, defiende.
De cara a los próximos cuatro años, Lula prometió proteger la libertad religiosa, combatir la violencia de género, continuar con las inversiones en educación y sanidad y seguir la política de freno de la deforestación. Sobre el fortalecimiento de la derecha en el Congreso, el presidente se comprometió a “trabajar” con los parlamentarios para aprobar los proyectos del Gobierno.
Lula tuvo un mensaje hacia el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que durante la campaña apoyó a Bolsonaro. Brasil “no acepta ser el patio trasero de nadie”, dijo, y expresó su deseo de que el país sea “central” y no “periférico” en las discusiones globales. La soberanía ha sido una de las grandes preocupaciones de sus electores. “Era obvio que él iba a entregar nuestro país y nuestras riquezas a Estados Unidos e implantar un régimen dictatorial. Todos los que estamos aquí estamos aliviados”, explicaba Geraldo Blay, de 60 años, desde la Paulista.
La euforia convive con la inquietud. Flávio Bolsonaro anunció que no reconoce el resultado y que pedirá la anulación de las elecciones. Se aferra a la decisión del juez del Supremo Cristiano Zanin de alargar la votación por problemas en el transporte público, una ampliación que habían pedido ambas campañas. “La oposición no ha reconocido la victoria y eso nos preocupa. Y Estados Unidos todavía no se ha pronunciado”, dice Paulo Favero, librero de 64 años, con una caipirinha en la mano. Favero llevaba semanas angustiado. “Ya sabemos de lo que fueron capaces los Bolsonaro: 700.000 muertos en la pandemia”, dice. “Es una marca muy pesada en la historia de Brasil. Muchas familias perdieron a alguien, como perdí yo”. Esta noche, cuenta, era imposible quedarse en casa.
Pasadas las dos de la madrugada, la fiesta multitudinaria continuaba entre batucadas y tambores y, entre el rojo, asomaban muchas camisetas amarillas de la selección, la canarinha, el símbolo que la derecha hizo suyo durante una década.
EL PAÍS