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Foro de Discusión: Educación, trabajo, salud y desigualdad

Foro de Discusión

Discurso del presidente nacional del Partido Socialista Brasileño (PSB), Carlos Siqueira, en un seminario celebrado en Rosario, Argentina, en marzo de 2016. En la conferencia sobre la desigualdad, educación, trabajo y salud, Siqueira presentó cifras de la crisis en Brasil y ha criticado la falta de políticas estatales eficaces para la erradicación de la pobreza.

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Texto completo del discurso (en español):

 

Educación, trabajo, salud y desigualdad

Quisiera agradecer inmensamente la invitación con la que fui honrado y la oportunidad de estar entre personas que comparten conmigo un cierto sentido de ciudadanía, que está en el fundamento de la expectativa socialista.

Aunque muchos advoquen por la tesis de que el socialismo, como experiencia política práctica se ha corrompido hasta llegar a un estatismo opresivo, el hecho es que el Socialismo no se equipara a ninguna de sus manifestaciones empíricas.

El Socialismo consiste en la exigencia de la construcción de un mundo más solidario, que supere la prehistoria, la barbarie, para poder construir efectivamente una civilización. En los términos precisos de Shimon Peres, el “[…] socialismo no es un dogma, […] es una civilización, una actitud en relación a las cuestiones más importantes de nuestra vida. Paz. Justicia. Igualdad. Humanismo”. Hombres y mujeres de bien son, por tanto, eventualmente sin saberlo, socialistas.

Esa compresión, a su vez, está en la base de las iniciativas del Partido Socialista Brasileño – PSB en el contexto político por el que pasa Brasil en el momento actual. Como todos saben vivimos un momento de crisis aguda y de desgobierno, que repercute en la falencia de una determinada experiencia hegemónica iniciada en la izquierda, pero que se rindió a las demandas conservadoras, con el propósito literal de perpetuarse en el poder.

El primer fundamento de esta amplia crisis debe ser encontrado en el hecho que en estos últimos 12 años, poco o nada cambió en las políticas relacionadas al desarrollo. La evidencia más fuerte de esta parálisis intelectual, política y social puede ser encontrada en el simple hecho de que los bancos nunca ganaron tanto dinero como en este período.

No se trata aquí de la ingenuidad de un odio atávico a los banqueros, mas del hecho simple, según el cual el capital acumulado en Brasil no está al servicio de ampliar las fuerzas productivas del País, de reducir la desigualdad histórica que caracteriza al país, si no de tornar más ricos a los que ya lo son.

La inmensa acumulación de capital en las manos de pocos sirve esencialmente para colocar el Estado de corner permanente, transformándolo en una inmensa máquina de transferencia de renta de sectores productivos, para sectores rentistas, que tienen expresiones internas y externas y que evidentemente no se limitan a los bancos, pues incluyen personas físicas, fondos de inversión y pensión, inversionistas internacionales de diferentes matices – ellos siempre atentos a los movimientos pendulares de la tasa de interés, el cambio y la inflación.

Ese amplio arreglo político, económico y social, concebido a favor de las élites brasileras, sobrevivió prácticamente intocado a los gobiernos petistas, lo que significa decir que el País logró parcas ganancias civilizatorias es este período. Todavía vivimos en bajo un juego de capitalismo predatorio, que consume recursos naturales no renovables – activos sociales por definición – según las inflexiones de precio en los mercados internacionales.

El barniz de la sostenibilidad, que se tornó un lugar común como práctica de las grandes compañías nacionales y multinacionales, edulcora la explotación y expoliación del País, en los marcos de un ambiente regulatorio débil, que permite desastres anunciados como el de Mariana, en el que están presentes dos pesos pesados de la industria minera en escala planetaria (Vale e BHP Billiton).

Marx, aunque condenado al destierro, todavía predica sus obras.En su filosofía de juventud comprendió de forma aguda que la relación del hombre con la naturaliza, refleja las relaciones sociales. Es decir, la indiferencia con respecto al medio ambiente, el desprecio por las prácticas verdaderamente sostenibles, se rencuentran en el ámbito social, sobre la forma de relaciones igualmente violentas.

No es casualidad, por tanto, que aquello que se llamó de políticas sociales en los últimos años, no pase de pastoreo de la pobreza, con un pequeño margen de contribución a la reducción de la desigualdad. A cambio de lo mucho que el arreglo construido a favor de las elites entrega, se produjo un consenso, en el sentido de destinar porciones ínfimas del presupuesto nacional a las áreas de seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza. De este modo, medido en términos del índice de Desarrollo Humano IDH, calculado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Brasil se encuentra apenas en la posición número 75 de 188, en el ranking mundial y por debajo, por ejemplo de México, Uruguay, Cuba y Sri Lanka. Nótese, a propósito de nuestro tema en este encuentro, que el IDH tiene por dimensiones esenciales justamente la salud, educación e renta.

Nada de políticas de Estado, como el Sistema Único de Salud (SUS) que preconiza el acceso universal y de calidad a la atención a la salud. No hubo evoluciones expresivas en la educación, o al menos en el sentido de promover la autonomía y emancipación de las clases populares. Para la seguridad, ni siquiera las migajas de siempre, por que para las élites dirigentes, un Pueblo que trabaja mucho, que se inicia temprano en el trabajo y en condiciones penosas, cuya jornada es ampliada en varias horas por la pésima calidad de los servicios y del transporte, nunca trabaja lo suficiente! Hay un consenso conservador que quiere hacer valer la máxima, según la cual la previdencia social es muy cara para Brasil – lo que extiende la inequidad hasta la vejez.

Detallemos un poco este cuadro. En Brasil, las políticas de Estado son organizadas según una perspectiva sistémica, en la que hay competencias exclusivas y complementarias, definidas según las esferas de la federación. El régimen de colaboración de esas políticas es ascendente, de modo que a los municipios compete como regla, tratar los niveles de atención básica y, aumentando la complejidad, se van integrando a las esferas estadual y de la Unión.

Sin embargo, lo que ha ocurrido en la práctica es un poco más complejo. El municipio como ente autónomo fue instituido por la Constitución de 1988 y desde entonces busca construir una institucionalidad propia a sus responsabilidades. Nótese que en este aspecto, que hay desafíos de toda orden, comenzando por la creación del cuerpo legal y normativo propio a esta instancia, pasando por la transformación de cuadros técnicos, calificación de los líderes políticos, etc.

No bastase este desafío “fundacional” de los municipios, la Unión entendió la autonomía de esa esfera como una especie de licencia para “empujar” hacia ella un enorme conjunto de atribuciones – con lo que ejerció a su conveniencia las indicaciones constitucionales –, sin que vinieran los recursos presupuestales necesarios a la organización de los servicios – con lo que se derogaron, en la práctica, las previsiones de la Carta Magna.

En la salud, el recorte de la financiación por parte de la Unión fue dramático, pues hubo una reducción de 75% del total, en la década de 1980, para 44,7%, en 2010[1]. En el mismo periodo, municipios y Estados pasaron de contribuciones de 7% y 18%, para alcanzar 28,6% y 26,7%.Este arreglo ha significado un enorme congestionamiento en la puerta de entrada del sistema, representado por las Unidades Básicas de Salud (UBS), que son de competencia exclusiva de los municipios. Aquí faltan recursos para consolidar el sistema, para contratar profesionales, para estructurar de forma comprensiva la Estrategia de Salud de la Familia, que es el fundamento de todas las prácticas preventivas del SUS.

Los Estados, a pesar de duramente impactados por renuncias fiscales de origen federal, ofertadas en la estera de políticas anti cíclicas que beneficiaron recurrentemente a sectores como el automovilístico, sin propiciar resultados significativos sobre el empleo y la renta de la clase trabajadora, ampliaron su participación en el costeo de la salud. La Unión, al contrario de municipios y Estados, de forma deliberada y con sus ojos en los superávits presupuestales, dejó de invertir, de forma sistemática en salud. La desatención en salud contribuyó, a su vez, para ampliar la desigualdad en un valor esencial – la facultad de la vida!

El producto final de este desarreglo federativo ha sido la oferta de servicios precarios a la población, cuando no ocurre la indisponibilidad pura y simple de los mismos. Las formas prácticas de la degradación de la atención son las filas interminables en las Unidades Básicas de Salud y la casi imposibilidad de conseguir intervenciones de alta e media complejidad, como cirugías e intervenciones que impliquen especialidades médicas, como neurología, cardiología etc.

La política de educación pasa por un dilema muy semejante al de la salud, excepto tal vez por el hecho de que o fondo público que recibe valores para soportar gran parte de esa política – Fondo de Manutención e Desenvolvimiento de la Educación Básica y de Valorización de los Profesionales de la Educación (FUNDEB) – está completamente consolidado, habiendo rutinas de fiscalización externa que obligan la composición de los recurso presupuestales que a ese son destinados por ley.

Brasil no podría, sin embargo, vencer el analfabetismo absoluto y tiene un importante número de analfabetos funcionales. Hay un enorme déficit en la formación técnica de nivel secundario, mientras que formamos proporcionalmente muy pocos ingenieros. La educación básica se ha universalizado, pero el precio fue la calidad de la educación, que no prepara a nuestros jóvenes para los desafíos contemporáneos.

En la educación superior, hay una asimetría notable entre las carreras técnicas y humanas. Formamos una gran ola de educadores, administradores de empresas, etc., no necesariamente por elección de los jóvenes, si no principalmente por que el negocio de la educación se adapta mejor a estas carreras. Son ofrecidos cursos, supuestamente baratos en la noche, a menudo en el modo de educación a distancia. En el cómputo final los resultados son simplemente desastrosos, bastando recordar que, según el Ranking mundial de la calidad de la educación, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), año de referencia 2014, de 76 países evaluados Brasil ocupa la posición 60ª.

Desde un punto de vista macro, esta lógica poco le sirve al País; tal vez de poco valor sea a los propios graduados, ya que no teniendo una educación superior de primera, no logran diferenciarse en un mercado laboral cada vez más competitivo. El arreglo, no obstante, se adapta como un guante al negocio de la educación, debidamente potenciado por el Fondo de Financiamiento Estudiantil (Fies). Esta educación es por tanto, promotora de la desigualdad.

El hecho de que la educación pública sea esencialmente un servicio público ofrecido a los pobres, que como tal permanecerán, es una de las, si no la mayor barrera para el desarrollo en nuestro país, pues terminan por inviabilizar las políticas de ciencia, tecnología e innovación, con repercusiones severas sobre nuestra productividad y consecuentemente, nuestra competitividad.

Sin masa crítica, en la ausencia de una élite técnica numerosa, casi sin ingenieros e investigadores, alienamos el conjunto de nuestro futuro y nos sometemos reiterativamente a los dictámenes del sistema mundial, lo que exige de nosotros y de los pueblos latinoamericanos, en general, una inserción subordinada en la globalización. La re – primarización de la economía brasileña, que encuentra en la industria extractiva minera y en los agro negocios, motores para el comercio internacional, guarda relación directa con el bajo dinamismo que demostramos tener en la producción de tecnología.

Estos son los antecedentes, el contexto macro que condiciona las expectativas que los brasileños puedan tener sobre su futuro, es decir, un País donde la prestación de servicios sociales básicos es precaria y que tiene, como una cuestión del modelo desarrollo adoptado por su élite gobernante, una baja propensión a generar oportunidades calificadas de empleo e ingresos. Vale la pena recordar a este respecto, en particular, que la industria manufacturera ha visto su participación en el PIB de nuevo a las escalas de 1.947, situándose en torno al 11% tras haber alcanzado algo así como el 21% a mediados de 1.980.

Este marco nada esperanzador debe ser complementado, sin embargo, por la coyuntura. Brasil vive una crisis multidimensional, es decir, política, económica, ética y federativa. El Gobierno – en gran medida el principal agente de la crisis y, al mismo tiempo atropellado por ella – como lo había hecho cuando compuso su mayoría parlamentaria, aun en el momento del Presidente Lula, adoptó la agenda conservadora en el deseo directo e inmediato de continuar siendo el piloto de una nave, que tiene por armadores personas que objetivamente no tienen compromiso con las causas populares.

Los resultados de esta estrategia son tan simples como directos: el remedio propuesto para la crisis corresponde a la plataforma neoliberal clásica, es decir, recorte de derechos laborales, restricciones severas en los programas públicos, contingencia presupuestal, etc. El freno tirado abruptamente, reforzado por una verdadera confusión entre el gobierno y los intereses corporativos, prácticamente paralizó las compras públicas, lo que pasó a tener un efecto multiplicador negativo en toda la cadena de negocios. De esta forma, las grandes constructoras dejaron de recibir del gobierno, Petrobras revisó sus procedimientos de pago y, allá al final de la cadena productiva, pequeños hoteles que alojaban los empleados, restaurantes que servían comida a los trabajadores, quebraron.

El número -3,8%, que corresponde a la variación del PIB en 2015, tan sintético y pequeño en su ortografía, llega a todos los hogares de Brasil en la forma de un desempleo abrumador. De acuerdo con la Encuesta Nacional por Amuestra de Hogares Continua (Pnad Continua), publicado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) en 19/02 último, la tasa de desempleo aumentó del 6,5% en noviembre de 2014, para el 9% en el mismo mes de 2015. Los que menos ganaron con un cierto período de bonanza que tuvo Brasil, en gran parte debido a una coyuntura favorable a la venta de las materias primas en los mercados extranjeros, ahora son llamados a pagar la mayor parte de la factura.

La verdad, esta encomienda ya les había sido entregada preliminarmente, en el comienzo del mandato de la Presidenta Dilma, cuando se les cobró la irresponsabilidad de larga duración y de inspiración electoral, relacionada a la contención de los precios de los insumos energéticos (electricidad, gasolina, etc.).

No es necesario recordar los impactos que una crisis económica tan profunda y probablemente duradera tendrán sobre la desigualdad. No sólo de la renta y riqueza, de oportunidades, pero de las expectativas futuras, de afiliación civilizacional. Para estos jóvenes sin esperanza, en caso que se desagarren de una sub-alternidad sin remedio en el contexto de las políticas de orden, se adhirieren a los encantos de la delincuencia [organizada], que al igual que las calles de los barrios subnormales es metastásico, se dirigirá una policía fratricida y que opera con altas tasas de mortalidad.

Es necesario hacer en este contexto una reflexión: ¿cuál es la tarea que se le presenta a un partido socialista? Ciertamente, no podemos contribuir a sostener la farsa. El gobierno ejecuta una agenda profundamente impopular cuya naturaleza está disfrazado bajo la lucha que se libra en torno del impedimento de la Presidente Dilma. Por otro lado, no nos cabe abogar el impedimento de la Presidente: esta misión corresponde al pueblo que le otorgó el mandato y, por lo tanto, si ocurrir, se dará bajo la presión de la población sobre las institucionalidades que participan directamente en el proceso.

Un partido socialista, sin embargo, tiene el deber de resistir a la agenda conservadora a la que el Gobierno se adhirió para permanecer en el poder. Son los compromisos con el elector, con nuestra historia y programas que hablan aquí! El camino natural del PSB, por lo tanto, es el de la oposición, ya sea ella hecha en calidad de la decisión de las instancias partidarias, ocurra como un acto de resistencia proyecto a proyecto, voto a voto.

Como socialistas, jamás desistiremos del proyecto que nos anima. Lo que nos mueve es la construcción de una civilización y no una lucha por el poder, cuya mata máxima es la perpetuación en el propio poder. En este preciso sentido, ser socialista equivale a luchar por la superación de la desigualdad social, por una salud que respete la vida y por una educación que se afirme como estrategia clave a la promoción del desarrollo sostenible. Entendido, desde ya, que sostenibilidad y garantía de acceso a los derechos humanos son diferentes caras de la misma moneda.

Vivamos, todos nosotros, el socialismo como la promesa de una civilización aún pendiente de verdadero cumplimiento! ¡Muchas gracias!

Carlos Siqueira
Presidente Nacional del Partido Socialista Brasileño – PSB

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