Los candidatos despliegan sus estrategias de última hora (y no todas salen bien)
América LatinaLos uribistas se lanzan contra De la Espriella cuando ya parece demasiado tarde, la esposa del ultra patina al asegurar que se irán de Colombia si no ganan, Cepeda y Petro recorren la costa olvidada
A tan solo tres días de la primera vuelta de las elecciones de Colombia, la carrera presidencial se convirtió en un sprint. Para algunos, desesperado. Los candidatos apuran sus estrategias o lanzan algunas nuevas, convencidos de que incluso un pequeño porcentaje de votos puede inclinar la balanza. En las últimas horas ha habido ataques entre supuestos aliados, un despliegue presidencial camuflado de campaña en la costa Caribe y una confesión involuntaria que ha puesto en riesgo los discursos patrióticos de campaña.
La comidilla de este jueves es la entrevista del candidato outsider, el patriota, junto a su esposa. Abelardo de la Espriella y Ana Lucía Pineda se sentaron ante las cámaras de la revista Semana —un medio amigo— como si fueran ya el matrimonio presidencial: traje, sonrisas, manos tomadas y una bandera de Colombia dominando la escena. Parecía todo medido, menos las reacciones a lo que acabó diciendo la mujer. Las preguntas fueron amables, el tono distendido, hasta que Pineda soltó con toda la naturalidad del mundo: “Si perdemos, no pasa nada, porque ya tenemos una vida resuelta. Estamos en otro país; si queremos, vamos a Colombia; si no, no”. De la Espriella, que le tomaba la mano, la miraba con media sonrisa. Sin reacción.
La frase incendió las redes porque hacía tambalear el patriotismo del patriota. Daba alas a los argumentos de los adversarios que defienden que, en realidad, a De la Espriella le importa más ganar que Colombia. Los rivales no tardaron. “Se irá a Italia y Miami, a enriquecerse con bandidos, a volver a ser ateo, a ser el defensor de la mafia. A ser el mismo de siempre”, escribió la candidata de centro Claudia López en X. El exviceministro de Justicia Pablo Felipe Robledo, del entorno de Paloma Valencia, también se lanzó. “Un comentario extremadamente desafortunado, pero consecuente con una forma de mostrarse millonarios, llenos de lujos y comodidades”, escribió. Y Juan Daniel Oviedo, el número dos de Valencia, lo resumió: “Los que nunca han estado y los que nunca estarán”.
La frase de Oviedo era una estocada más de la ofensiva que el uribismo ha decidido lanzar a última hora contra De la Espriella. La campaña de Valencia, la candidata del Centro Democrático, había aguantado durante semanas los ataques de los aliados del ultra sin entrar demasiado fuerte en la batalla, sin llevar la iniciativa, sin distanciarse en exceso del ultra. La frenaba, entre otras cosas, el propio Álvaro Uribe, quien temía que atacar a De la Espriella antes de tiempo cerrara la puerta a una unificación de la derecha en segunda vuelta. Pero ese cálculo ya no se sostiene cuando las encuestas muestran que el ultra la supera con creces en intención de voto y que será él y no ella quien pase a la segunda vuelta. El problema de la nueva fórmula es que llega tarde.
Las encuestas explican la desesperación. Cepeda sigue al frente con entre el 37% y el 44% según el sondeo, pero su avance se frenó. Abelardo de la Espriella ha seguido creciendo en estas últimas semanas y casi no hay dudas de que será él quien le dispute la segunda vuelta. Paloma Valencia, en cambio, se estancó tras el impulso inicial que parecía haberla convertido en la única que podría ganar a Cepeda. Y Sergio Fajardo, el eterno candidato del centro, aparece en todas las mediciones por debajo del 4%.
Mientras la derecha se pelea consigo misma, Iván Cepeda, líder en las encuestas, se ha pateado la Costa Caribe con el presidente Gustavo Petro pisándole los talones. Aquí también hay prisas de última hora. Cepeda ha hecho girar su campaña en una victoria en primera vuelta y su equipo tiene el cálculo preciso de los votos que necesita en cada uno de los 1.103 municipios en Colombia. Y no llegan. La apuesta ha sido estirar la campaña extraoficialmente en un lugar clave para todos los candidatos.
La estrategia, sin embargo, ha rozado el límite de las normas. Tras cerrar oficialmente la campaña en Cartagena, Cepeda siguió con eventos en Sincelejo y Montería que él mismo describió como “reuniones privadas de coordinación”, aunque convocaban a miles de personas. La ley prohíbe los mítines públicos desde el domingo pasado y, a pesar de la polémica desatada, no parece haber violado las normas. “Que sea masivo no le quita que sea privado”, dijo el procurador general Gregorio Eljach.
Las normas también prohíben que los funcionarios públicos —incluido el presidente— se involucren en campaña, pero Gustavo Petro lleva meses jugando al equilibrismo y no iba a parar ahora. Mucho menos cuando su ministro del Interior, Armando Benedetti, confiesa en Blu Radio que está preocupado por que los resultados de la elección no sean los esperados. El presidente siguió a su candidato en diferido con una gira bautizada Petro le cumplió al Caribe, un tour que Benedetti aseguró que eran “actos presidenciales” de despedida en la región que lo vio nacer y que lo llevó al poder. En pocos días recorrió Ciénaga, Sincelejo y este jueves llega a Cartagena, siempre un paso detrás de Cepeda. Es una gira que se da cuando, según el ministro, Cepeda ha “dejado tirada a la costa Caribe” y en la que el presidente recuerda a la costa que él es costeño, pues nació allí aunque haya crecido en el interior.
Hay una cuarta historia en esta recta final, más silenciosa y más triste. Sergio Fajardo lleva días recibiendo mensajes en su celular de personas que le suplican que se baje para apoyar a Paloma Valencia. “Sergio, por favor, ¡salvemos el país!”, los resume él mismo, con voz impostada y un gesto de irritación apenas disimulado. El que en 2018 estuvo a un punto porcentual de la segunda vuelta hoy oscila entre el 2% y el 4%. Fajardo aceptó un café con Valencia —que acabó siendo con todos los colombianos— para decirle que no. Que no se baja. Que es su tercer y último intento y que piensa llegar hasta el domingo. “Nunca pierde quien lucha por sus ideales”, dice entre la convicción y la armadura de quien ya conoce demasiado bien cómo acaba la historia.
EL PAÍS