Pepe Mujica: coherencia, sencillez y confrontación a la lógica del consumo
América Latina
Por Paulo Bracarense
Secretario General de CSL
Secretario de Relaciones Internacionales del PSB
En un mundo dominado por la lógica de la acumulación, la ostentación y el consumo como medida del éxito, José “Pepe” Mujica se erige como un símbolo de resistencia ética y política. Expresidente de Uruguay, Mujica no solo defendió ideas transformadoras: las vivió con una coherencia radical. Su opción por una vida sencilla no fue un capricho ni un romanticismo: fue una confrontación directa a la lógica del capitalismo, que convierte todo —incluso la vida— en mercancía.
Esa coherencia se manifiesta desde los tiempos más duros de su trayectoria. Mujica enfrentó la dictadura uruguaya con valentía y compromiso, pagando el precio de la resistencia con años de prisión y sufrimiento. Pero, incluso después de la redemocratización, su lucha no cesó —solo cambió de forma. Su elección de una vida austera y solidaria es, para él, la continuidad de esa batalla: una lucha cotidiana contra los valores de la sociedad de consumo, que encadena de manera más sutil, pero no menos cruel. Si antes enfrentaba las rejas visibles del autoritarismo, hoy combatía las cadenas invisibles del egoísmo, el individualismo y la falsa promesa de una felicidad comprada.
Al renunciar a los privilegios del cargo, rechazar el palacio presidencial, seguir viviendo en su modesta chacra y conducir su viejo escarabajo, Mujica demostró que es posible hacer política sin someterse a la ilusión de que el consumo es sinónimo de realización. Su vida es, en sí misma, una denuncia viva a la sociedad de consumo, que fomenta la competencia, la desigualdad y el vacío existencial. Para Mujica, el verdadero bienestar no está en la posesión, sino en la libertad interior que nace de la sencillez y del compromiso con causas más grandes que el propio ego.
Su muerte, en vísperas de la Marcha del Silencio en Montevideo —el 20 de mayo, fecha en que el pueblo uruguayo recuerda a los desaparecidos de la dictadura—, encierra una fuerza simbólica profunda. Mujica se va, pero deja una convocatoria viva: que su memoria alimente aún más la movilización contra los regímenes autoritarios que marcaron con dolor la historia reciente de América Latina. Su ejemplo refuerza la urgencia de mantener viva la lucha por la democracia, la memoria y la justicia.
Mujica confronta al neoliberalismo con gestos cotidianos que rescatan valores olvidados: la solidaridad, la humildad, la empatía. Nos recuerda que una sociedad más justa no se construye solo con reformas institucionales, sino también con cambios de mentalidad —con el coraje de cuestionar lo que nos enseñaron a desear. Su modo de vida propone otro horizonte: aquel en el que el espacio de la existencia se llena no de cosas, sino de sentido, de vínculos humanos, de causas que dignifican.
Rendir homenaje a Pepe Mujica es reconocer que hay líderes que no solo hablan en nombre del pueblo, sino que viven con él, de forma verdadera y generosa. Mujica nos enseña que resistir al sistema no es solo una tarea política, sino una elección de vida —y que hay una inmensa dignidad en vivir con poco, cuando se vive con propósito.