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¿La extrema derecha otra vez «de moda»?

América Latina

Steven Forti

La preocupación por el ascenso de las extremas derechas atraviesa hoy la política, pero también la academia. En ese marco, vuelven las discusiones sobre la vinculación de estos movimientos con el fascismo histórico y sobre las amenazas que conllevan para las estresadas democracias liberales.

2024 va a ser un año crucial. Las elecciones europeas del mes de junio y las estadounidenses del mes de noviembre marcarán nuestro futuro. Esta, por lo menos, es la opinión de la mayoría de los expertos y los medios de comunicación liberales. Tras la victoria de Javier Milei en Argentina, la sensación generalizada es que, mirando los sondeos en Estados Unidos, Alemania, Francia o Italia, la extrema derecha tiene viento en popa. El semanario Time abría el mes de enero afirmando que se trata de «un año decisivo para la democracia en todo el mundo». Unos días antes, John Kampfner avisaba en Foreign Policy que «puede ser un desastre para las democracias liberales», mientras que a principios de febrero la revista Politico aclaraba que «esta vez, la amenaza de la ultraderecha es real». Una semana más tarde era el mismo The Economist el que alertaba de los peligros del nacional-conservadurismo1.

Hace tiempo que se habla con preocupación de las derechas extremas o radicales. No paran de publicarse artículos y libros en todo el mundo. Podríamos decir que la extrema derecha está (otra vez) de moda. Es cierto que, a partir de la década de 1980, con los primeros éxitos del Frente Nacional (fn) francés de Jean-Marie Le Pen, empezó a florecer un número importante de estudios sobre lo que Piero Ignazi definió como «extrema derecha postindustrial»2. Sin embargo, aún a finales de la década de 1990, la percepción general era que en el mundo académico eran muy pocos los que estudiaban estas formaciones políticas, de cuyas organizaciones a menudo sabíamos más bien por los trabajos de periodistas engagés o los libros escritos por dirigentes y militantes ultraderechistas. En cambio, a partir del comienzo del nuevo milenio, hemos tenido un verdadero boom de estudios al respecto, fruto del interés y la preocupación por el avance electoral de figuras como Donald Trump, Marine Le Pen, Giorgia Meloni o Jair Bolsonaro en eeuu, Europa y América Latina.

Los estudios y los debates se han centrado principalmente en una serie de cuestiones: ¿cómo definimos y llamamos a estas formaciones políticas? ¿Qué relación tienen con el fascismo histórico? ¿Cómo las conjugamos con el fenómeno del populismo? ¿Cuáles son las razones de su auge? ¿Cuál es su electorado? ¿Cómo comunican? Se trata, ni hace falta decirlo, de preguntas necesarias e imprescindibles para poder entender las extremas derechas en la época de la Posguerra Fría. Excepto en la cuestión de la transformación ideológica tras la Segunda Guerra Mundial –sobre la que, de todas formas, hay todavía mucho trabajo por hacer–, hay otros ámbitos que no han sido aún explorados con la debida atención, como, por ejemplo, las redes transnacionales ultraderechistas o el impacto de las nuevas tecnologías3. No se trata de temas baladíes o secundarios. Quien escribe estas líneas está convencido de que son cuestiones que, por un lado, nos ayudarían a encontrar respuestas también a las ya mencionadas primeras preguntas que se han formulado acerca de las extremas derechas del tercer milenio y, por otro, resultan heurísticamente cruciales para entender qué hay de nuevo en este fenómeno respecto al pasado.

La actualización del fascismo

Si hablamos de la ideología de la extrema derecha, al fin y al cabo volvemos siempre a la pregunta insoslayable, y cansina, de si ha vuelto el fascismo. A menudo, como apuntó Emilio Gentile, el análisis peca de ahistoricidad4. Aceptando explícita o implícitamente la tesis del «fascismo eterno» de Umberto Eco, se acaba tachando de fascista a cualquier líder o movimiento político antidemocrático, autoritario, nacionalista o simplemente conservador y, además, se pierden de vista las transformaciones ocurridas en los últimos 80 años5. Así el fascismo no solo se convierte en un fantasma o, mejor dicho, un monstruo que, de vez en cuando, asoma la cabeza, sino que además se banaliza.

De hecho, si entre los historiadores del fascismo sigue habiendo un debate interminable sobre qué movimientos y regímenes fueron fascistas en las décadas de 1920 y 1930, esos mismos historiadores están prácticamente todos de acuerdo en afirmar que la extrema derecha de hoy en día no es fascista. A este respecto, se suelen citar algunas características nucleares del fascismo histórico que no encontramos en los Trump, Viktor Orbán, Meloni o Santiago Abascal, como son la voluntad de instaurar un régimen totalitario de partido único, el ser un partido milicia, la voluntad de encuadrar a la población en grandes organizaciones de masas, el proyecto expansionista e imperialista o el presentarse como una revolución palingenésica que quiere transformar radicalmente a la sociedad.

¿Los fascistas habrían, pues, desaparecido de la faz de la tierra? Obviamente, no. En la actualidad, de hecho, hay grupos neofascistas y neonazis en todos los países occidentales: piénsese en la red Blood & Honour o en movimientos como CasaPound Italia. Pero siguen siendo ultraminoritarios, aunque no podemos menospreciar la influencia que pueden tener. El caso de Amanecer Dorado en Grecia, al menos hasta su ilegalización, es sintomático: en los años más duros de la crisis económica, se convirtió en el tercer partido con más representación en el Parlamento heleno. Sin embargo, la diferencia respecto al pasado es que hoy tenemos partidos ultraderechistas en todos los parlamentos e incluso en algunos gobiernos, como es el caso de Hungría, Italia, Finlandia, República Checa, Argentina y, hasta hace poco, Brasil y eeuu. Ahora bien, tal y como se preguntaba un libro de Tamir Bar-On publicado hace unos años, ¿dónde han ido todos los fascistas? O, si prefieren, ¿qué ha sido del fascismo como ideología? La perspectiva histórica puede ayudarnos a encontrar una respuesta6.

Efectivamente, en la larga travesía del desierto posterior a 1945, el fascismo se ha renovado profundamente. Según el historiador británico Roger Griffin, tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial este habría desarrollado diferentes estrategias para adaptarse a los tiempos democráticos, como la grupuscularización, la internacionalización, la metapolitización7 y la virtualización8. No es tanto en la principal experiencia de partido neofascista en la Europa occidental de la Guerra Fría –el Movimiento Social Italiano del non rinnegare né restaurare [ni renegar, ni restaurar]– donde encontraríamos, pues, esta profunda renovación, sino en una serie de intelectuales-activistas que a partir de los años 50 sembraron semillas que más tarde germinarían. Semillas que se vinculan con lo que Griffin llamó internacionalización y metapolitización. Cabe mencionar aquí a Julius Evola, con su tradicionalismo espiritualista, que tanta influencia tuvo sobre las nuevas generaciones de neofascistas italianos que se reunieron alrededor del Ordine Nuovo de Pino Rauti. Ciertamente Evola, como por otro lado Maurice Bardèche en Francia, estaba generacionalmente anclado en el fascismo histórico, pero sus reflexiones sobre la decadencia del mundo moderno o la crítica al consumismo significaron un primer intento de actualización –o, quizás, de adaptación– ideológica. Asimismo, la experiencia de la Joven Europa de Jean Thiriart fue una cantera para muchos jóvenes de diferentes países europeos, introduciendo –o, mejor dicho, fortaleciendo si pensamos en el Nuevo Orden Europeo nazi durante la guerra– el tema del nacionalismo europeo y el comunitarismo9.

Sin embargo, es en la Francia de los años 70 donde se dio el más importante y fructífero proceso de renovación ideológica. Alrededor del Grupo de Investigación y Estudio sobre la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés) y de la figura de Alain de Benoist, deudor de las reflexiones de Dominique Venner, se adoptó la perspectiva metapolítica. En palabras de Jacques Marlaud, que fue presidente del grece, «ya no se trata de tomar el poder, sino de dotarlo de un alimento ideológico, filosófico y cultural capaz de orientar (o contradecir) sus decisiones»10. El neofascismo francés, derrotado en Argelia, hizo suya la lección de Antonio Gramsci sobre la hegemonía cultural. Se trató, no cabe duda de ello, de un gramscismo instrumental, pero ha sido eficaz. De ahí surge no solo el replanteamiento paneuropeísta o inclusive protercermundista en oposición a eeuu, sino también la introducción del antiuniversalismo, el etnopluralismo y el diferencialismo que venía a sustituir al racismo biológico, inaceptable después de Auschwitz11. La que se ha conocido como Nouvelle Droite [Nueva Derecha] –un nombre que vino a ser un paraguas para corrientes que tomaron poco después caminos diferentes– tuvo un impacto que superó tanto las fronteras de los entonces guetizados círculos neofascistas, influyendo en medios de comunicación generalistas, universidades y partidos políticos de la derecha democrática, así como en las fronteras del Hexágono: se formaron grupos neoderechistas en Italia, Bélgica, Alemania, Reino Unido, España, eeuu y Rusia12.

Se ha debatido a menudo sobre la real influencia de la Nueva Derecha en la extrema derecha contemporánea. Muy probablemente, ni Abascal ni Bolsonaro ni Trump han leído a De Benoist, aunque no descarto que podríamos llevarnos algunas sorpresas. Ahora bien, en sus propuestas es evidente la influencia directa o indirecta de estas ideas, a veces gracias a las sugerencias de intelectuales cercanos, cuadros de sus partidos o influyentes consejeros, como Olavo de Carvalho o Steve Bannon. En el caso galo, si bien el mismo De Benoist tomó a menudo las distancias de Jean-Marie Le Pen, muchos grecistas acabaron en el fn: principalmente los nacional-liberales del Club de l’Horloge –con Bruno Megret y Jean-Yves Le Gallou al frente–, pero ¿podemos considerar desvinculadas de los planteamientos neoderechistas muchas de las posiciones y estrategias del fn, in primis aquellas sobre inmigración y preferencia nacional? Asimismo, no podemos perder de vista la influencia que estas ideas tuvieron en la derecha mainstream a partir, ya en los años 70, del posgaullismo. Sin embargo, la influencia de la Nueva Derecha la encontramos décadas más tarde también en el eurasianismo de Aleksandr Duguin o en la Alt-Light estadounidense, el sector más moderado, para así decirlo, de la derecha alternativa (Alt-Right) que ha brotado al otro lado del Atlántico. Y, si me apuran, ¿no está implícita o explícitamente conectada con el planteamiento grecista también la apuesta por las guerras culturales que empezó en eeuu allá por la década de 1990 y que el Tea Party llevó al centro de la escena política durante la primera presidencia de Barack Obama13?

Sabemos que la trayectoria de Alain de Benoist es peculiar: a partir de finales de la década de 1980, con la fundación de la revista Krisis, tomó un camino muy personal, potenciando la apuesta por la transversalidad, el sincretismo ideológico y la superación del eje derecha-izquierda. Pero, una vez más, en ese planteamiento transversal, que a partir de la propuesta de Thiriart y de la relectura, no se olvide, de los intelectuales de la llamada revolución conservadora alemana (Carl Schmitt, Oswald Spengler, Arthur Moeller van den Bruck, etc.) había apasionado a una horda de jóvenes de diferentes países ya en los años 60 y 70, ¿no encontramos los orígenes del fantasma rojipardo que deambula por el globo en la actualidad14? No cabe duda alguna de que la de la transversalidad ideológica también es una cuestión vieja como el mundo o, al menos, antigua como la contemporaneidad. ¿No fue, de hecho, un ex-socialista revolucionario como Benito Mussolini el fundador de los Fasci di Combattimento? ¿No fue el encuentro de maurassianos y sorelianos en el Círculo Proudhon lo que, según la tesis de Zeev Sternhell, puso las bases de lo que luego conoceríamos como fascismo? ¿No fue en tiempos de la República de Weimar cuando se habló por primera vez de nacional-bolchevismo? En ese hilo rojo encontraríamos a los nacional-revolucionarios del largo 1968 con, en primera fila, los nazi-maoístas italianos o los diversos grupos de Tercera Posición que surgieron a lo largo y ancho de la Europa occidental15.

¿Todo estaba ya inventado, pues? En parte sí. Sin embargo, de lo que no cabe duda es de que esa apuesta cobró relevancia tras el fin de la Guerra Fría con la desaparición de la Unión Soviética y la dificultad para encontrar un nuevo centro de gravedad permanente por parte de las izquierdas. No se trata, obviamente, de que en las últimas tres décadas la extrema derecha se haya izquierdizado. Más bien, como apunta Simon Blin, «hoy en día son los Zemmour, los Soral y las Le Pen quienes reutilizan la tradición crítica [típica de la izquierda], desconectándola, sin embargo, de un horizonte emancipador. En todo el mundo, la derecha neoconservadora se ha adelantado al discurso crítico de la izquierda». Con las críticas a los bancos, la globalización y los medios, así como con la utilización de palabras como «pueblo» o «social», la ultraderecha ha llevado a cabo «secuestros semánticos» que han permitido un «bricolage ideológico-político (…) en el cual cada uno pone lo que quiere hasta poder hacer dialogar a Rousseau con el ideólogo de extrema derecha Soral en un antiguo teatro griego»16. Se ha creado así lo que el politólogo Philippe Corcuff llama un «espacio ideológico confuso», es decir, las «mezclas, amalgamas, ambigüedades y/o proximidades lexicales y semánticas que facilitan la creación de pasarelas discursivas entre la extrema derecha, la derecha, la izquierda moderada y la izquierda radical»17.

Este parasitismo ideológico de las nuevas extremas derechas es evidente en el intento de apropiarse de banderas que consideramos progresistas: valga como ejemplo el feminacionalismo, el homonacionalismo o el ecofascismo, sin contar además con esa carga de transgresión, inconformismo y rebeldía representado por figuras como los mismos Milei y Trump18. Si se quiere, en esto podemos trazar un paralelismo con la capacidad del fascismo histórico de «apropiarse de todo lo que entre el siglo xix y el xx había fascinado a la gente», es decir, «sobras de anteriores ideologías y actitudes políticas, muchas de las cuales [eran] contrarias a las tradiciones fascistas». Las extremas derechas de la actualidad, en suma, ¿serían un nuevo «organismo saprófago», tal y como lo fue, en la feliz expresión acuñada por George L. Mosse, el fascismo hace un siglo? Posiblemente sí, pero en otra época, con otros ropajes y con nuevos elementos19.

El nacionalconservadurismo

Hay una última cuestión relacionada con la ideología que devora los sesos de los historiadores y que nos permite reflexionar sobre analogías y diferencias entre los años de entreguerras y la actualidad. Por un lado, se ha venido explicando que para alcanzar el poder el fascismo histórico necesitó de la alianza con las elites tradicionales –el llamado «compromiso autoritario»–, con las cuales estableció una colaboración «incómoda pero eficaz», en palabras de Robert O. Paxton, que tuvo equilibrios distintos según el país y el momento20. Por otro, se ha apuntado que lo que se dio hace un siglo, más que una emulación del fascismo italiano o del nacionalsocialismo alemán en otras latitudes, fue una hibridación de culturas políticas que tuvo como protagonistas a los fascistas propiamente dichos, a los nacionalistas revolucionarios y a los conservadores tradicionales en cada país: según António Costa Pinto y Aristotle Kallis, se trató de un proceso complejo que, dependiendo de las percepciones, los intereses y las correlaciones de fuerzas existentes en cada contexto nacional, permitió adaptaciones y apropiaciones parciales que produjeron nuevas síntesis21. Ahora bien, ¿estamos viviendo algo similar en la actualidad?

A este respecto, apuntaría un par de ideas. En primer lugar, es evidente el paulatino proceso de radicalización y ultraderechización de las derechas mainstream –piénsese en el Partido Popular Europeo–, que cada vez más no solo compran el discurso de la extrema derecha, sino que también se alían con ella y forjan incluso coaliciones de gobierno. Tanto los casos de los ejecutivos formados en Italia, Suecia y Finlandia entre 2022 y 2023, como el giro autoritario de Fidesz –que, no se olvide, Orbán fundó como formación liberal durante la transición húngara de 1989–, la trumpización de los republicanos estadounidenses o la brexitización de los tories al otro lado del canal de la Mancha están ahí para demostrarlo.

En segundo lugar, el conservadurismo se está transformando y está virando hacia posiciones cada vez más autoritarias. Es cierto que podríamos trazar una línea de continuidad desde Joseph de Maistre, Louis de Bonald y Edmund Burke hasta los nuevos referentes intelectuales de esta cultura política. Sin embargo, más que de una línea recta, se trata, como pasa siempre en la historia, de un carril que tiene curvas, más o menos pronunciadas, subidas y bajadas. No son lo mismo el conservadurismo mayoritario en el mundo occidental durante los «Treinta Gloriosos», con los escombros aún humeantes de la Segunda Guerra Mundial en el espejo retrovisor, y el conservadurismo neoliberal triunfante en tiempos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Además, algo cambió a partir de la década de 1990 y sobre todo tras el 11 de septiembre de 2001 con las propuestas de los neocons en tiempos de George W. Bush. Sin embargo, es sobre todo tras la crisis financiera de 2008-2010 cuando se percibe un giro que radicaliza el conservadurismo con el endurecimiento de las posiciones sobre valores y derechos. El ya mencionado Tea Party es un ejemplo paradigmático al respecto, así como el que se ha definido como «nacional-conservadurismo», cuyo objetivo es justamente el de llegar a una alianza estable entre la derecha mainstream y las nuevas ultraderechas22.

El caso de Hermanos de Italia nos puede ayudar para desembrollar ese nudo ideológico. La formación liderada por Giorgia Meloni no es, como se ha repetido hasta la saciedad, una formación neofascista tout court. En ella conviven al mismo tiempo la cultura política neo y posfascista –hijas de las experiencias del Movimiento Social Italiano (msi) y de la Alianza Nacional de Gianfranco Fini–, pero también la nacional-conservadora. No es casualidad que uno de los fundadores del partido, allá por 2012, junto con Meloni e Ignazio La Russa, haya sido el ex-democristiano de derecha Guido Crosetto, ni que en el símbolo del partido destaquen las palabras «conservadores y soberanistas» y tampoco que en su autobiografía, Io sono Giorgia, Meloni cite repetidamente a los filósofos Roger Scruton, Yoram Hazony y Ryszard Legutko, este último eurodiputado de los polacos de Ley y Justicia23.

Ahora bien, por no ser exacta y propiamente fascista, ¿significa que el partido de la actual premier italiana es menos peligroso para un sistema democrático pluralista? Obviamente no. Sencillamente es otra cosa respecto al fascismo de los años de entreguerras. Y para entenderlo hay que analizar históricamente las transformaciones ideológicas de la extrema derecha y del mundo conservador en el último medio siglo. El proceso de renovación, así como el de hibridación, ha sido constante y ha producido una nueva extrema derecha que tiene elementos de continuidad con las de la primera parte del siglo xx, pero que es, en primer lugar, hija de su tiempo –principios del siglo xxi– y tiene elementos novedosos respecto al pasado.

Las redes transnacionales

Estas reflexiones nos conducen a la cuestión de las redes transnacionales de la extrema derecha. Se dirá que siempre han existido redes y contactos entre estas formaciones. No cabe duda de ello. Mucho se ha escrito no solo sobre la circulación de ideas en la época de entreguerras, sino también sobre los intentos de crear una Internacional fascista en la década de 1930, el proyecto de Nuevo Orden Europeo nazi y las redes neofascistas en la Europa occidental durante la Guerra Fría. Ahora bien, desde finales del pasado siglo tanto la circulación de ideas como la construcción de redes ultraderechistas se han acelerado fruto de la globalización e internet. La que he definido como «extrema derecha 2.0» es, pues, una gran familia global con lazos transatlánticos y un sinfín de think tanks, fundaciones, institutos y asociaciones que en las últimas dos décadas han ido tejiendo una tupida red que promueve una agenda compartida, además de mover sumas ingentes de dinero24. Existe, en síntesis, una especie de Internacional reaccionaria que reúne a la crème de la crème de las formaciones del conservadurismo radical y del ultraderechismo a escala global.

No es nada fácil trazar un mapa a escala internacional de estas redes, también por su opacidad, pero podemos intentar apuntar un primer esbozo. Empecemos por el ámbito europeo. Las conexiones facilitadas por la presencia en la capital comunitaria de los diputados de las formaciones de extrema derecha de prácticamente todos los países de la ue han permitido paulatinamente, desde finales de la década de 1980, la construcción de relaciones que hoy en día son más que estables. La existencia de los grupos parlamentarios de Identidad y Democracia (id) y de los Conservadores y Reformistas Europeos (ecr, por sus siglas en inglés) ofrece lugares donde compartir ideas y experiencias, además de elaborar una agenda común. id está liderado por la Liga de Matteo Salvini –el presidente es Marco Zanni– y cuenta, entre otros, con la Agrupación Nacional de Le Pen, Alternativa para Alemania y los Partidos de la Libertad austriaco y neerlandés, mientras que ecr está liderado por los polacos de Ley y Justicia y tiene entre sus miembros a varias formaciones del Este, además de Vox, los Demócratas de Suecia, el Partido de los Finlandeses y Hermanos de Italia, cuya líder, Giorgia Meloni, ocupa actualmente la Presidencia del grupo. Es cierto que ni en el pasado ni en la actualidad la extrema derecha ha conseguido unificarse en un solo grupo en el Europarlamento, ni en un solo partido de ámbito comunitario, pero tanto los partidos que están en id como los que están en ecr comparten gran parte del diagnóstico y pueden llegar a compromisos, como ha demostrado el manifiesto en defensa de una Europa cristiana que la mayoría de estos partidos subscribieron en julio de 2021. Esto no significa que no haya fricciones y tensiones, como la guerra de Ucrania ha demostrado con creces.

Dicho lo cual, más allá de las relaciones entre los diferentes partidos de la galaxia ultraderechista en Bruselas o de forma bilateral, cobran centralidad las redes globales tejidas por fundaciones y think tanks que se presentan, en muchos casos, como independientes. Una de estas es la renombrada Conferencia de Acción Política Conservadora (cpac, por sus siglas en inglés), que reúne el Gotha del mundo conservador norteamericano y que tiene tentáculos en Australia, Japón, Brasil, México y Hungría –y cada vez más, en América Latina–. Asimismo, encontramos la Red Atlas o la Fundación Edmund Burke, creada en 2019 y vinculada a sectores ultraconservadores israelíes, estadounidenses y europeos. Una de las figuras claves es el ya citado filósofo israelí Yoram Hazony, autor del superventas La virtud del nacionalismo y presidente del Instituto Herzl, cercano al Likud de Benjamin Netanyahu.

Esta capacidad de tejer redes la vemos también en las escuelas de formación de cuadros. Una de las más conocidas en Europa es el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (issep) fundado por Marion Maréchal Le Pen en 2018: después de su sede francesa, ubicada en Lyon, se ha abierto también una sede en Madrid, vinculada estrechamente al entorno de Vox. Asimismo, desde hace años el ecr organiza cursos para «futuros líderes» a lo largo y ancho de Europa a través de su fundación, New Direction, mientras que Fidesz lleva años formando cuadros en el Mathias Corvinus Collegium, que en la actualidad cuenta con más de 20 sedes en el país magiar, Rumania y Bruselas. En Polonia, el partido de ultraderecha Ley y Justicia ha promovido su universidad, el Colegio Intermarium, vinculada al think tank ultracatólico Ordo Iuris. Antes ya se había dado el intento de crear la llamada escuela populista –que tenía como objetivo formar «guerreros culturales» y «gladiadores» para defender la cultura occidental judeocristiana– que el ex-consejero de la Casa Blanca, Steve Bannon, propuso montar en el monasterio de Trisulti, en las afueras de Roma, con la colaboración del Instituto Católico Dignitatis Humanae. El mismo Bannon, no se olvide, hacia 2018 había también lanzado The Movement, una plataforma que quería unificar a la extrema derecha del Viejo Continente o, como mínimo, ofrecerle apoyos y ayudas en análisis, estudios y propaganda. En el ámbito trasatlántico, cabe mencionar también la red que ha tejido Vox en América Latina: bajo la etiqueta de Foro de Madrid, el partido de Abascal ha estrechado relaciones con las derechas neopatriotas del subcontinente, desde Brasil a Chile, pasando por Argentina, Perú, Colombia y México25.

Sin embargo, es sobre todo el mundo integrista cristiano el que ha venido creando foros de debate, fundaciones y asociaciones desde finales de la década de 1990. Además, supera las fronteras de las diferentes iglesias existentes, englobando o, por lo menos, poniendo en relación tanto a católicos como a ortodoxos y evangélicos. Un ejemplo entre los más conocidos es el Congreso Mundial de las Familias, organización fundada en eeuu en 1997 que tiene ramificaciones en todo el globo, inclusive la Rusia putinista, y de la cual, por ejemplo, es parte también HazteOír, fundada en 2001 por el español Ignasio Arsuaga, muy cercano a Vox, que en 2013 lanzó su lobby internacional, CitizenGo.

El mundo ultraconservador ruso y de la Europa oriental ha estado muy activo desde el comienzo. No se trata tanto de la figura de Aleksandr Duguin, que sin ser, como lo ha pintado la prensa occidental, un Rasputín de Putin, ha entablado relaciones desde el final de la Guerra Fría en diferentes países europeos, americanos y asiáticos26. Más bien, por un lado, se debe mirar al autócrata ruso que se ha convertido en un referente –y financiador– para muchos ultraderechistas europeos. Por el otro, la existencia de los gobiernos de extrema derecha en Hungría y Polonia ha permitido convertir Budapest y Varsovia en dos centros de operaciones para esta gran familia global. Tras la victoria del liberal Donald Tusk en las elecciones polacas del pasado mes de octubre, Budapest sigue siendo la meca ultraderechista. No solo se ha organizado ahí en 2017 el encuentro del Congreso Mundial de las Familias y en 2022 y 2023 las primeras cpac en territorio europeo, sino que cada dos años, en la capital magiar, se reúne la llamada Cumbre Demográfica de Budapest –el tema de la demografía y la natalidad permite juntar un amplio espectro del mundo derechista y cristiano– o, recientemente, el encuentro de la Red Política por los Valores (pnfv, por sus siglas en inglés), organización presidida por el ultraderechista chileno José Antonio Kast.

El espectro de las autocracias electorales

Teniendo en cuenta que este breve esbozo no es más que la punta del iceberg, debería resultar evidente que hoy en día existen redes bien estructuradas de la extrema derecha a escala global, incomparables con las de hace 100, 50 o tan solo 20 años. En síntesis, los ultraderechistas y los neoconservadores radicalizados se conocen bien, hablan y se reúnen frecuentemente, comparten ideas, prácticas y experiencias, trabajan en red, en una época que no solo está marcada por las pasiones tristes, como apuntó François Dubet, sino en la que además todo está profundamente interconectado y viaja a velocidades extremadamente más rápidas27. Además, como se ha intentado subrayar en la primera parte de este artículo, la internacionalización se ha sumado a un proceso paralelo: la lenta pero constante actualización ideológica que, principalmente a través de la metapolitización, ha permitido al neofascismo salir del gueto, reformularse y, bajo las semblanzas de una más presentable (ultra)derecha nacional-conservadora, convertirse en sentido común, conquistando, al menos parcialmente, esa hegemonía cultural que cuando De Benoist fundó el grece parecía un espejismo o un sueño húmedo imposible de alcanzar.

Estas son, muy en resumidas cuentas, las claves para entender el éxito de las nuevas extremas derechas en la última década en todo el mundo occidental y, posiblemente, en este 2024. No se trata de «ingredientes secretos», como en la receta de la Coca-Cola: habría bastado fijarse más en lo que estaba pasando y estudiar con más atención y detenimiento lo que decían, lo que escribían y lo que hacían los neofascistas en tiempos de la Guerra Fría y los ultraderechistas tras la caída del Muro de Berlín. Gran parte de la opinión pública los subvaloró, los consideró un escombro de un pasado que no quería pasar y no los tomó en serio. Ahora vamos tarde. Sin parecer apocalíptico, sino, sencillamente, analizando la realidad, me temo que podemos llegar a ser la generación que verá cómo las democracias acaban muriéndose paulatinamente en buena parte del globo para dar paso a autocracias electorales que, sin ser los regímenes totalitarios de los años de entreguerras, convertirán en pálidos recuerdos del pasado la separación de poderes, las elecciones libres y justas, el pluralismo político e informativo y el respeto de los derechos de las minorías. Mala tempora currunt.

 

Nota: una primera versión de este artículo se publicó en El Viejo Topo No 420, 2023, con el título «Las extremas derechas en el tercer milenio: ¿qué hay de nuevo?». Los resultados presentados en este artículo forman parte del proyecto arenas, que recibió financiación del programa de investigación e innovación Horizon Europe de la Unión Europea en virtud del acuerdo de subvención No 101094731.

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El «momento Modi» y la extrema derecha hindú
Aparna Sundar
1.
V., respectivamente, Astha Rajvanshi y Jasmeen Serhan: «A Make-or-Break Year for Democracy Worldwide» en Time, 4/1/2024; J. Kampfner: «Right-Wing Populism Is Set to Sweep the West in 2024» en Foreign Policy, 26/12/2023; Eddy Wax: «This Time, the Far-Right Threat Is Real» en Politico, 6/2/2024; «The Growing Peril of National Conservatism» en The Economist, 15/2/2024.

2.
P. Ignazi: Extreme Right Parties in Western Europe, Oxford UP, Oxford, 2003.

3.
Sobre el impacto de las nuevas tecnologías, tema que no trataré en este artículo, v. S. Forti: «Posverdad, fake news y extrema derecha contra la democracia» en Nueva Sociedad No 298, 3-4/2022, disponible en nuso.org.

4.
E. Gentile: Quién es fascista, Alianza, Madrid, 2019.

5.
Ver U. Eco: Il fascismo eterno, La Nave di Teseo, Milán, 2018.

6.
T. Bar-On: Where Have All The Fascists Gone?, Routledge, Londres, 2007.

7.
La metapolítica no es o no se propone como una acción política propiamente dicha, es decir la llamada politique politicienne, sino como una acción desde el plano ideológico y cultural con el fin de modificar las mentalidades, difundir ciertas ideas y valores y, consecuentemente, conquistar la hegemonía cultural.

8.
R: Griffin: Fascismo. Una inmersión rápida, Tibidabo, Barcelona, 2020.

9.
Sobre Evola y Thiriart, v., entre otros, Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg: Far-Right Politics in Europe, Harvard UP, Cambridge-Londres, 2017, pp. 53-97 y Francesco Cassata: A destra del fascismo. Profilo politico di Julius Evola, Bollati Boringhieri, Turín, 2003.

10.
Cit. en J.-Y. Camus y N. Lebourg: ob. cit., p. 120.

11.
Al respecto, v. Diego Luis Sanromán: La Nueva Derecha. Cuarenta años de agitación metapolítica, cis, Madrid, 2008.

12.
Sobre la Nueva Derecha en Francia y a escala internacional, v. Pierre-André Taguieff: Sur la Nouvelle droite. Jalons d’une analyse critique, Descartes & Cie, París, 1994; T. Bar-On: Rethinking the French New Right: Alternatives to Modernity, Routledge, Londres, 2013; Massimiliano Capra Casadio: «The New Right and Metapolitics in France and Italy» en Journal for the Study of Radicalism vol. 8 No 1, 2014.

13.
Al respecto, v. James Davison Hunter: The Struggle to Define America, Basic Books, Nueva York, 1991.

14.
V. tb. T. Bar-On: «The French New Right: Neither Right, nor Left?» en Journal for the Study of Radicalism vol. 8 No 1, 2014.

15.
Sobre el rojipardismo, v. S. Forti: «Los rojipardos: ¿mito o realidad?» en Nueva Sociedad No 288, 7-8/2020, disponible en nuso.org, y David Bernardini: Nazionalbolscevismo. Piccola storia del rossobrunismo in Europa, Shake, Milán, 2020. La obra de Sternhell, escrita junto a Mario Sznajder y Maia Asheri, es Naissance de l’idéologie fasciste, París, Fayard, 1989. [Hay edición en español: El nacimiento de la ideología fascista, Siglo xxi Editores, Madrid, 1994].

16.
S. Blin: «Le ‘confusionnisme’ est-il le nouveau rouge-brun?» en Libération, 16/1/2019.

17.
P. Corcuff: La grande confusion. Comment l‘extrême-droite gagne la bataille des idées, Textuel, París, 2020.

18.
Ver Pablo Stefanoni: ¿La rebeldía se volvió de derecha?, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2021.

19.
La cita es de G.L. Mosse: L’uomo e le masse nelle ideologie nazionaliste, Laterza, Roma, 1999, p. 172.

20.
R.O. Paxton: Anatomía del fascismo, Península, Barcelona, 2005, p. 255.

21.
A. Costa Pinto y A. Kallis: «Introduction» en A. Costa Pinto y A. Kallis (eds.): Rethinking Fascism and Dictatorship in Europe, Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2014.

22.
A este respecto, v. el análisis ofrecido por sectores defensores de ese conservadurismo neoliberal ahora en franco declive, como Anne Applebaum: El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo, Debate, Barcelona, 2021, y Francis Fukuyama: El liberalismo y sus desencantados. Cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales, Deusto, Barcelona, 2022. Más recientemente, el mismo The Economist ha puesto la lupa en los peligros del nacional-conservadurismo. V. «The Growing Peril of National Conservatism», cit.

23.
G. Meloni: Io sono Giorgia. Le mie radici, le mie idee, Rizzoli, Milán, 2021. [Hay edición en español: Yo soy Giorgia, Homo Legens, Madrid, 2023].

24.
Ver S. Forti: Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, Siglo XXI Editores, Madrid, 2021.

25.
Sobre las derechas neopatriotas, v. José Antonio Sanahuja y Camilo López Burian: «Las derechas neopatriotas en América Latina: contestación al orden liberal internacional» en Revista CIDOB d’Afers Internacionals No 126, 2020.

26.
Ver Anton Shekhovtsov: Russia and the Western Far Right: Tango Noir, Routledge, Londres, 2018.

27.
F. Dubet: La época de las pasiones tristes, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2020.

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