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Fernando López D’Alesandro

Docente en el CERP del Centro y en UM

Historiador, analista.

Estamos en uno de los momentos más críticos de la historia reciente. El terrorismo del Daesh es el producto de una circunstancia histórica donde se cruzan los errores de occidente con el oprobio de las tiranías locales. La expansión del Estado Islámico, en consecuencia, es el producto último de una lucha que abarca a una minoría del Islam que globalizó sus objetivos y que debe ser combatido.

Fue el atentado más grande que sufrió Europa, pero los atentados no pueden ganar las guerras, sólo buscan generar cambios en el enemigo, que el adversario tome medidas y actitudes que beneficien la escena que busca el terrorista. El Daesh, golpeado duramente por la intervención multilateral y por los peshmergas kurdos, tenía que dar una señal que lo mostrara a los suyos, principalmente, vivo y desafiante. Francia fue la elegida por su carga simbólica, por su intervención en Siria en respuesta al atentado contra Charlie Hebdo…

Paris hoy confirma que vivimos uno de los momentos más peligrosos de los últimos cincuenta años. El mundo se enfrenta al desafío de la expansión de una opción islámica que busca reconstituir la hegemonía no sólo territorial, sino cultural, religiosa y civilizatoria. Daesh está llamado a reconstituir el Islam como imperio y no cejará en su decisión; la lucha es sin marcha atrás, vencerán o morirán.

¿Qué representa entonces el famoso Daesh? Es una concepción reaccionaria, no sólo para nosotros sino para el propio mundo islámico. Un califato teocrático que aplica su interpretación coránica wahabita más radical aún que el original, afirmando su visión jerárquica de casta y de género, donde la mujer queda sometida como esclava, donde no se permite ni el ascenso social ni la superación. La total intolerancia con la diferencia ya sea de opción sexual o de credo, habilita a Baghdadi y a sus seguidores a matar homosexuales o todo aquel que no comulgue con sus creencias. La condena a la idolatría les permite destruir tesoros que la humanidad heredó de las civilizaciones pasadas. Para el Daesh la historia empieza con ellos, a lo sumo con el Islam, en consecuencia destruir el pasado es sólo un trámite teológico.

Sin duda el Daesh es poderoso. Ordenar el caos producto de la intervención norteamericana y de los estallidos sociales de la primavera árabe, le permitieron ganar apoyos en las sociedades abrumadas por la inestabilidad generada por occidente y por las tiranías locales. La coyuntura fue vista como una oportunidad por los fundamentalistas que contaron con el respaldo de algunos estados locales, principalmente Arabia Saudita y Qatar. Luego, la ocupación de los yacimientos al norte de Irak los proveyó de una fuente de riqueza suplementaria con ganancias de uno a cinco millones de dólares diarios gracias al contrabando petrolero. No menor es el monto por los peajes tanto para el paso de personas como para la protección de la red de gasoductos. Dinero es poder y para una red terrorista con un objetivo político expansionista es una base sólida, muy sólida.

El proyecto Daesh es reaccionario en el sentido más amplio del término y en occidente beneficia a lo peor. A la derecha radical xenófoba, que debe aplaudir los actos de quien se transformó en su mejor aliado; a los conservadores huntingtonianos que quieren la guerra de civilizaciones, a los vendedores de armas desde Washington a Moscú y a los Estados que aspiran a una recomposición global de poder jugados a ese nuevo comienzo en la definición de la situación en El Levante. Así, los atentados del 13 de noviembre confirman no sólo la hipótesis del momento peligroso, sino que el conflicto es global en el sentido más amplio de la palabra.

El Islam, desde Marruecos hasta Indonesia, no es muy diferente a nosotros. Pippa Norris y Ronald Inglehart han demostrado que tenemos los mismos principios, ideologías similares, las mismas esperanzas, las mismas broncas, las mismas frustraciones, las mismas ilusiones. Quien quiere el choque de civilizaciones, entonces, chocará contra la alianza de civilizaciones, no sólo porque será una decisión política sino porque la quieren los pueblos. Al Daesh y a sus aliados más reaccionarios del mundo –de todo el mundo- les opondremos un nuevo internacionalismo de alianza y entendimiento. Pero el terror y el proyecto Daesh son un hecho ante el que hay que actuar.

Sin duda todos estamos implicados de una u otra forma en esta realidad y no podemos esquivarla. Llegó el momento de optar, de tomar posiciones claras y sin titubeos. El terrorismo se combate, no se contempla ni se tranza. La intolerancia de los fundamentalismos no se tolera, el atentado se juzga, se persigue porque es un acto contra la humanidad y es de los peores. Pero se debe hacer, siempre, en el marco del respeto a la ley y de los Derechos Humanos. No nos vamos a transformar en ellos. No hay que comerse al caníbal.