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Los Desafíos de la Izquierda Democrática en Brasil y el mundo, por Carlos Monge

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35686008753_8c3a953354_kCarlos Monge, del Partido Socialista de Chile

Intervención conduzida durante la conferencia magna Los Desafíos de la Izquierda Democrática en Brasil y el mundo, en el seminario por el paso de los 70 años del Partido Socialista Brasileño, el 10 de agosto, en Brasilia.

Buenas tardes, compañeros y compañeras.

Em primeiro lugar, permita-me agradecer o convite para participar no seminário intitulado Desafios da Esquerda Democrática no Brasil e no Mundo, onde tenho a elevada honra de compartilhar este painel de expositores com o deputado do Partido Socialista Obrero Espanhol (PSOE), Ignácio Sánchez Amor,  e o pós-doutor em Ciência Política pela Universidade de Oxford (Inglaterra), Oscar Vilhena Vieira. Eu agradeço em particular a deferência do convite ao doutor Carlos Siqueira, presidente nacional do PSB.

Antes que nada, permítanme agradecer la invitación a participar en el Seminario titulado “Desafíos de la Izquierda Democrática en el Brasil y en el Mundo”, donde tengo el alto honor de compartir este panel de expositores con el diputado del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Ignácio Sánchez Amor,  y el post-doctor en Ciencia Política de la Universidad de Oxford (Inglaterra), Oscar Vilhena Vieira. Agradezco, en particular, la deferencia por la invitación al dr. Carlos Siqueira, presidente nacional del PSB.

Traigo en esta ocasión el fraternal saludo del Partido Socialista de Chile, que celebró el 19 de abril de 2017 su 84 aniversario al Partido Socialista Brasileño, que está conmemorando hoy sus 70 años de existencia.

Cuando se nos invitó a hablar sobre los desafíos actuales de la izquierda en Brasil, Latinoamérica y el mundo, fue inevitable pensar en el aporte reflexivo de un gran pensador italiano, Norberto Bobbio, fallecido en 2004, que diez años antes publicó un texto canónico sobre esta materia: “Derecha e izquierda: razones y significados de una distinción política”.

Un trabajo que resultó anticipatorio ya que poco después comenzaron a aflorar, en distintos puntos del orbe, candidatos de todo tipo que hacían un discurso recurrente en el que reiteraban que ellos no eran de izquierda ni de derecha, como primer paso en un camino que generalmente conducía a la negación de la política como un todo. De hecho, si no recuerdo mal en las últimas elecciones municipales en Brasil hubo un candidato a prefecto de una importante ciudad del sudeste que sostuvo que él era un “gestor” y no un político. Y sus electores, al parecer, le creyeron y lo apoyaron en las urnas.

Decía Bobbio, justificando su tarea, al escribir el libro que he mencionado: “Me ha movido un deseo de claridad conceptual. Deseaba razonar, eliminar confusión. Existe también un motivo práctico, en cada momento se niega la distinción entre derecha e izquierda y, sin embargo, se sigue utilizando continuamente. Es una “caja vacía” de la cual todos sacan cosas. Si esto ocurre existirá un motivo”.

Apuntemos también que, al margen de la utilización oportunista de este estribillo repetido y ya cansador de quienes se niegan a ser encuadrados dentro de la dicotomía izquierda-derecha, la aparición del trabajo de Bobbio obedece a otro motivo bien concreto: tras la implosión del llamado “socialismo real” y del sistema soviético, hubo quienes postularon el “fin de la historia” y con ella, de las polarizaciones sobre las cuales se habían articulado las disputas ideológicas en el mundo previo a la caída del Muro de Berlín.

Ese contexto no es un dato menor, pues contribuye, en no poca medida, a que vastos sectores de la socialdemocracia europea, algunos de ellos bajo influencia del entonces triunfante “Consenso de Washington”, empiecen a levantar plataformas programáticas que no difieren, en un grado importante, de las que levantaban al mismo tiempo partidos liberales o incluso conservadores en sus propios países.

No es irrelevante, por ejemplo, que el libro de Bobbio se publique tres años antes de la llegada al poder de Tony Blair, quien parapetado en las tesis de Anthony Giddens, que propugna una “tercera vía”, abre espacio para el auge del llamado “nuevo laborismo”, que en ciertos momentos –y sobre todo en el campo macroeconómico- está más cerca de los tories y de Margaret Thatcher que de los postulados de Clement Attlee, el padre del “estado de bienestar” británico, que es fuertemente impulsado tras el fin de la II Guerra Mundial.

Tampoco es un dato despreciable que Bobbio, que es de algún modo un exponente de lo que se podría calificar como un “socialismo liberal”, en tanto siempre acentúa que la democracia representativa y el derecho son los “dos condicionantes mínimos necesarios” para la resolución pacífica de los conflictos humanos, diga algo que parece una obviedad, pero que no lo es tanto, cuando sostiene que el criterio de diferenciación básica por el que podemos separar la izquierda y la derecha en política es la actitud diferente y heteróclita que asumen los hombres delante del ideal de igualdad.

Vale decir, de un plumazo nos retrotrae a la Revolución Francesa, que es el espacio temporal, tumultuado y de a ratos feroz e inclemente, en el que surge por primera vez la distinción entre izquierda y derecha, en función de la ubicación de las respectivas bancadas o corrientes políticas en el Parlamento.

Hecha esta digresión inicial, quisiera referirme, volviendo rápidamente al presente, a las banderas y reivindicaciones históricas, que nos permiten asumirnos hoy como hombres y mujeres de izquierda, en un mundo complejo donde el individualismo y atisbos de disociación propios de la “posmodernidad” parecen primar sobre los valores y principios colectivos que siempre han guiado nuestro accionar como socialistas.

Por ello, y para entrar en materia, voy a permitirme listar diez tesis o enunciados que, a mi juicio, permiten configurar un programa básico e irrenunciable que debería ser común para todos aquellos que nos reivindicamos como pertenecientes a los sectores progresistas.

En mi opinión, en momentos de confusión ideológica, como los actuales, a escala mundial, tal vez lo más práctico consiste en ser capaces de sistematizar ciertos puntos programáticos que, por cierto, ya son de sobra conocidos, pero que no está de más reiterar todas las veces que sea posible.

Combate a la desigualdad y construcción (o reconstrucción y defensa) de un Estado Social de Derechos Garantizados
El primer punto  de este mínimo común denominador es, sin duda, el que propugna una lucha permanente, sostenida y sistemática en contra de la desigualdad, que es el mal que carcome las bases de cualquier tipo de desarrollo sostenible e inclusivo. No hay desarrollo con bases firmes que se sostenga sobre la segregación o exclusión de importantes sectores sociales, dado que esto significa un freno para la expansión de las fuerzas productivas, ya que la inteligencia es un bien que, afortunadamente, se reparte en forma igualitaria (aunque es obvio que se ve favorecida por entornos o cunas amigables).

La idea socialista nace, en sus orígenes, como una crítica y una respuesta alternativa al capitalismo. Hoy, sin embargo,  se admite que el capitalismo es capaz de desarrollar, en comparación con modos de producción anteriores, las fuerzas productivas y de generar riqueza, aunque sea a través de un incesante proceso de creación y destrucción, impulsado por los “espíritus animales” de los que hablaba Keynes. Pero el imperio sin contrapesos del mercado también genera concentración y desigual distribución de la riqueza, alineación y deshumanización y es capaz de poner en riesgo la propia sustentabilidad del planeta, si no se le ponen frenos a su faceta más depredadora.

Es ahí, entonces, cuando recobra vigencia la teoría y práctica del socialismo moderno, con su propuesta de emancipación humana y su postulado básico de que la libertad completa de los hombres sólo es posible si se elimina la desigualdad extrema. Como indica, un reciente documento de nuestro partido, en el que se plantean los ejes programáticos que permitan vislumbrar el “horizonte de un Chile post-neoliberal”, con vistas a las presidenciales de este año:

“El Socialismo es una aspiración superior de la libertad humana, pero a diferencia del pensamiento liberal y conservador, considera que dicha libertad solo es posible si se realiza el valor de la igualdad. La igualdad permite que el desarrollo de la libertad sea para todos y no solo para algunos. La libertad de unos pocos no es libertad sino privilegio. Solo una sociedad en que se destierren todas las desigualdades y florezca la diversidad y la libertad será posible realizar el valor de la fraternidad”.

En ese sentido, el PS de Chile, recogiendo su mejor tradición de un partido que desde su fundación, en 1933, se caracterizó por su creatividad y autonomía para pensar al socialismo desde perspectivas ajenas a la ortodoxia o a la imposición de “modelos únicos”, no tiene ningún complejo en asumir que (cito) “El neoliberalismo es la forma actual que adopta el capitalismo en Chile, en la mayor parte de América Latina y en algunos países desarrollados”.

“Al mismo tiempo, es una ideología extrema que concibe al mercado como el factótum de la organización económica, social y cultural de una sociedad. Como tal, promueve activamente el debilitamiento y retraimiento del Estado en favor del mercado, y ve en los derechos sociales y laborales interferencias indebidas del mercado, que deben ser eliminados o minimizados. Sus adversarios son y han sido los sindicatos y las organizaciones sociales y ciudadanas que luchan por defender o establecer derechos sociales o de ciudadanía. Promueve no solo una economía de mercado sino una sociedad y una cultura de mercado”.

Nadie aquí puede llamarse a engaño. El neoliberalismo, promovido en forma entusiasta por gobernantes como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y bendecido intelectualmente por la “Escuela de Chicago”, basada en pensadores como el austríaco Friedrich Hayek, no sólo tuvo entre sus adversarios a los países del bloque soviético y con economía centralmente planificada, sino también a los Estados de Bienestar que florecieron también en la Europa occidental de postguerra y en algunos países latinoamericanos, y al reconocimiento activo de derechos sociales universales que estos habían logrado.

Por tal motivo, un segundo punto de un programa de izquierda o socialista necesariamente debiera considerar la construcción o reconstrucción y defensa, según sea el caso, de un Estado Social con Derechos Mínimamente Garantizados. Entre los cuales figura, el derecho a la salud, a una educación de calidad, a la vivienda, a la cultura y a un transporte público digno, entre otras cuestiones. Este welfare state también involucra, por cierto, el derecho a una ciudadanía real y sin restricciones de ningún tipo en el que las minorías (negros, indígenas, LGBT, narcodependientes, etcétera) vean preservadas y protegidas sus identidades por parte de las leyes y el Estado.

La tarea en procura de esta meta es difícil, pero no imposible. Permítanme recordarles que Chile, tras el golpe de Estado cívico-militar, encabezado por Pinochet, en 1973, fue una especie de laboratorio y “conejillo de Indias” para establecer, con el respaldo de las armas, uno de los experimentos neoliberales más extremos y radicales del mundo. Se privatizó, a gran escala, la educación, la salud y la previsión social. Y todo ello a marchas forzadas, y sin necesidad de requerir la aprobación de nadie.

Las transformaciones, en el camino de la llamada “desregulación anti-estatista” fueron tan profundas que quedaron incluso garantizadas, como cláusulas pétreas, en la Constitución de 1980, que junto con consagrar el rol de un Estado mínimo y subsidiario necesitaba de altos quórums parlamentarios para ser reformada. Es decir, poseía candados que la hacían poco menos que inmodificable.

Lo cierto es que pese a todos esos “amarres” y condicionamientos que limitaban cualquier posibilidad de cambios, con la recuperación de la democracia, a partir de 1990, los gobiernos de la Concertación, primero, y hoy de la Nueva Mayoría –conglomerados ambos que el PS integra y en los que juega y ha jugado un rol central- consiguieron ir introduciendo reformas que paulatinamente han permitido recuperar algunos de los derechos conculcados.

Ya en el gobierno de Ricardo Lagos se creó el “Plan Auge”, de salud, que permitió mejorar la cobertura y la atención de algunas enfermedades incluidas dentro de este esquema. También, se echaron las bases del Crédito con Aval del Estado (CAE) que posibilitó que jóvenes de familias de baja renta pudieron ingresar a las universidades con esta ayuda económica que costea parte del arancel de referencia de las diversas carreras.

Con el CAE, que, sin duda, fue un paliativo y no una solución definitiva, en diez años, entre 2005 y 2015, casi se duplicó la matrícula total en las Universidades, llegando este último año a 1.152.125 alumnos que estudiaban en el sistema de educación superior. Ahora, el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet ha ido mucho más allá de esto y ha avanzado, gradual pero decididamente, hacia la gratuidad universal en las Universidades, ampliando año a año los porcentajes de jóvenes que no deberán pagar por su formación universitaria.

Ya hay 275.000 familias beneficiadas por la gratuidad y se espera que en 2018 –así lo anunció la Presidenta en junio de este año- el 60% de los estudiantes tendrán acceso a este beneficio, que restaura la educación gratuita, pública y de calidad que existía en Chile antes del golpe de 1973.

En consonancia con lo anterior, cabe agregar que el neoliberalismo, como propuesta cultural totalizadora e hiper-hegemónica, busca destruir en la sociedad el sentido de lo colectivo y reemplazarlo por un individualismo que se reproduce a través de la exacerbación de un consumo obsesivo de bienes y servicios. La idea es convencer a la audiencia que los problemas que viven las personas no son problemas de la sociedad -concepto que incluso llegó a ser puesto en duda por Thatcher, quien dijo en una ocasión que la sociedad como tal no existía-, sino problemas individuales que deben ser resueltos en la esfera de lo privado y no en el ámbito público.

Otros puntos esenciales de un programa básico

A los dos puntos basales ya citados, agregaría, al menos, otros ocho, siempre corriendo el riesgo de que un decálogo sea insuficiente. A saber:

• Fortalecimiento de las democracias y las instituciones, principalmente en los países que viven todavía los efectos de trabajosas transiciones post-autoritarias y donde rigen “democracias de baja intensidad” o fuertemente tuteladas por intereses oligárquicos. Junto con ello, por cierto, es necesario subrayar el respeto irrestricto a las reglas de juego de la democracia liberal, lo que implica alternancia de poderes y respeto a la voluntad popular aun cuando ésta se incline por posturas conservadoras. Hay que garantizar la estabilidad institucional y desechar cualquier tipo de atajos o tentaciones autoritarias y extra-constitucionales. En un clima de caos y confrontación aguda, siempre son los poderosos los que tienen mayores probabilidades de imponer su hegemonía.

“Cuando desaparece la política –señala el documento que anteriormente cité- lo que queda es el reino de lo fáctico, es decir, la ley del más fuerte. Por eso la renuncia de las personas a la ciudadanía y a la política tiene más graves consecuencias para la izquierda y para los trabajadores y sectores populares, que para la derecha y los sectores sociales que esta representa”.

• Construir un muro infranqueable entre el dinero y la política. La crisis de la democracia representativa que hoy vivimos tiene distintas causas. Desde la aparición de circuitos de poder cuyas decisiones exceden el marco de los Estados nacionales, hasta los múltiples casos de corrupción, de financiamiento ilegal de la política y de lo que algunos llaman una “creciente colonización empresarial de la política”.

Con todo, lo más corrosivo, sin duda alguna, para la democracia es la corrupción, que al deslegitimar el sistema político como un todo propicia la aparición de “salvadores de la patria” que prometen moralidad y limpieza de los establos. Para el Partido Socialista de Chile, y cito nuevamente: “…constituye una tarea de orden estratégico reconstruir una política con un profundo sentido ético, de compromiso social, que restituya practicas solidarias y de gratuidad de la acción política. Lo anterior implica colocar una línea divisoria estricta en la relación entre política y empresa, dinero y política”.

Esa es la tarea número uno que es necesario encarar para reconstruir confianzas y disipar recelos. Una política de izquierda que pierda su sustento ético, ya sea por degradación propia o por hacerse connivente con un sistema corrupto, pierde también su razón de ser y lo que da sentido a su existencia. Hay que fortalecer, por lo tanto, la transparencia y la rendición de cuentas (accountability). Las generaciones emergentes demandan, con toda razón, menos opacidad y más horizontalidad en las decisiones y hay que hacerse cargo de este desafío.

En paralelo, la fuerte irrupción de las nuevas tecnologías de comunicación y medios sociales facilitan modos de interacción política más asociados a una democracia directa u horizontalizada. Y que ponen en cuestión los viejos paradigmas.

• Apoyo a reformas políticas que garanticen representatividad plural y efectiva en sociedades complejas. El ejercicio de la política es siempre una actividad perfectible. Pero en ocasiones se alega esta necesidad para introducir presuntos cambios que sólo favorecen la autopreservación y preservación en el poder de los incumbentes o titulares de los cargos. En Chile, a contrario sensu, el gobierno de la Presidenta Bachelet puso fin al sistema binominal, heredada de la Constitución de la dictadura, que estableció reglas en orden a premiar el desempeño de dos grandes coaliciones, dando escaso espacio a la aparición de nuevos actores.

Esto representa un avance democrático de gran importancia. Y tampoco significa que se abra la puerta para una proliferación indiscriminada de nuevas siglas políticas que corren el peligro de transformarse en lo que en Brasil se llama “leyendas de aluguel”. Es decir, partidos que son creados no con el fin de promover un ideario determinado sino de constituirse en una oportunidad de negocios para sus socios controladores.

• Asegurar una real libertad de expresión con pluralidad de medios y opciones informativas. La experiencia histórica demuestra que el socialismo impuesto a la fuerza y cerrado a cualquier tipo de críticas, aún en las condiciones más feroces de acoso por parte de grupos internos o externos, conduce inevitablemente al fracaso, pues se elimina la posibilidad de corregir rumbos y cualquier observación cuestionadora es considerada como propia de los “enemigos del pueblo”.

Una marxista clásica y radical, como Rosa Luxemburgo, se atrevió a escribir en un panfleto de 1918 sobre la Revolución Rusa lo siguiente: “Sin elecciones generales, sin libertad de prensa, libertad de expresión, libertad de asamblea, sin la libre batalla de las opiniones, la vida en cada institución pública se deteriora, se transforma en una caricatura de sí misma, y la burocracia se eleva como el único factor determinante”.

Claro que junto con asegurar una completa libertad de expresión, es necesario garantizar que el ciudadano común no vea en los medios de comunicación sólo un mercado sometido por las leyes de la oferta y la demanda, donde, además, muchas veces, los grupos y cadenas dominantes se las arreglan para gozar de todo tipo de subsidios estatales. Como en todos los campos, es necesario, en ocasiones, un rol regulador y no pasivo de parte del Estado que corrija estas desigualdades de acceso y posicionamiento que amparan a los más iguales que otros.

• Preservación de los derechos humanos, en sus múltiples formas, y rescate de la memoria histórica. En países como Chile y Brasil, que vivieron bajo largas y cruentas dictaduras, al igual que otras muchas naciones de la región entre los años 60 y 80 del siglo XX, es imprescindible que los Estados fomenten políticas activas de rescate de la memoria histórica, con el fin de que esas atrocidades no se repitan.

Toda política de izquierda debe poner énfasis en el hecho de que la ajuricidad y la justicia por mano propia es el emblema de los que desean volver a aplicar la ley del más fuerte, escudados, en esta ocasión, en el hecho de una presunta demanda social por “mano dura”. Los DD.HH. son un concepto dinámico e incluyente que hoy debe abrigar y proteger, por ejemplo,  al creciente número de inmigrantes y refugiados que buscan nuevos horizontes para mejorar sus expectativas de vida.

A estos siete puntos que ya llevó mencionados, agregaría tres más, para cerrar el decálogo y no aburrirlos más de lo que ya lo he hecho:

• Defensa de los derechos sociales conquistados. Frente a los cantos de sirena que pregonan la desregulación del mercado del trabajo y la flexibilización de los derechos laborales, la izquierda debe ser insistente e irreductible al promover su defensa irrestricta. En rigor, no existen leyes ni estatutos inmodificables, pero los cambios que se estiman necesarios deben ser discutidos y concordados con las organizaciones sindicales y no impuestos a ritmo de aplanadora por circunstanciales mayorías parlamentarias. La reconfiguración de la economía, en busca de mayor competitividad en los mercados internacionales, no puede ser hecha sobre la base de la precarización del trabajo.
Por ello es que el tema de una reforma educacional es clave en la medida en que busca reinsertar a países como Brasil y Chile en la economía mundial no sólo como productores de materias primas, sino como países capaces de añadir valor agregado y la consiguiente mejora de capital humano que esto implica a su pauta exportadora.

• Relaciones internacionales e interestatales gobernadas por el consenso y no por la fuerza. En el marco de un mundo crecientemente multipolar y con intereses hegemónicos en disputa, Latinoamérica y América del Sur, en particular, deben intentar preservar su condición de zona de paz y libre de conflictos interestatales. El proceso de paz en Colombia ha contribuido a desactivar una amenaza de escalada armamentista que pendía sobre toda la región. Y es imprescindible que ahora se abran canales de diálogo que impidan que la deteriorada situación social y política en Venezuela, avance hacia niveles de confrontación más agudos, lo cual también, sin duda, repercutiría en todo el hemisferio.

En opinión de los socialistas chilenos, no hay espacio hoy para hegemonismos ni intervencionismos de ningún tipo, que junto con desestabilizar a regiones específicas, generan, junto con los conflictos armados, catástrofes humanitarias y todo tipo de calamidades.

• No hay una sola izquierda ni un modelo único de progresismo que sirva como receta o referencia universal. Se ha dicho hasta el hartazgo que no es posible ya hablar de izquierda, sino de “izquierdas”. Caídas las antiguas catedrales y los Vaticanos ideológicos, en cada país se impone la necesidad de buscar los propios rumbos hacia sociedades menos injustas y más incluyentes. Esto no impide que de alguna forma sigan vigentes espacios de interlocución y diálogo donde convergen partidos y corrientes que comparten las visiones solidarias que han acompañado desde su nacimiento al socialismo, cuando comienza a configurarse como tal a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la Primera Asociación Internacional de Trabajadores, creada en Londres, en 1864.

Existe, por ejemplo, la Coordinadora Socialista Latinoamericana, de la que participan el PSB, el partido de Miguel Arraes, y el Partido Socialista de Chile, el partido de Salvador Allende, junto a otras colectividades hermanas. Pero ninguno de estos partidos aspira, ni por lejos, a proponerse como un faro que ilumine el sendero de las demás. Nuestras pretensiones, por cierto, son mucho más humildes, aunque nuestros sueños siempre vuelan alto.