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Importantes victorias democráticas en el continente americano

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Por Olmedo Beluche

El carácter altamente contradictorio de la realidad del sistema capitalista mundial ha quedado bien dibujada en las varias y continuadas victorias democráticas alcanzadas por diversos pueblos de este continente americano en los últimos meses.

Victorias que suceden en medio de una pandemia con sus 54 millones de infectados y 1.3 millones de muertos, con una crisis capitalista de proporciones bíblicas, en las que la patronal ha impuesto un ataque severo a los derechos laborales y al empleo, con 34 millones de nuevos desempleados en Latinoamérica, sumados a los que ya había antes de la pandemia, según la OIT.

Victorias expresadas en el plano democrático electoral, pero que solo son explicables por las fuertes movilizaciones y luchas populares que les han precedido y les han hecho posibles.

La primera enorme e inapelable victoria del pueblo boliviano en las elecciones del 18 de octubre pasado, en la que el candidato del Movimiento Al Socialismo, y del expresidente Evo Morales, Luis Arce, salió vencedor en la primera vuelta por un aplastante 55% de los votos, victoria reconfirmada por la mayoría absoluta en la elección a las cámaras de diputados y senadores.

La victoria electoral del MAS ha sido posible por la resistencia obrera y popular contra el golpe militar apoyado por Brasil, Estados Unidos y la OEA en noviembre pasado contra el presidente Evo Morales. Victoria electoral que se explica por la resistencia frente a la dura represión del gobierno usurpador de Jeanine Añez, con su secuela de muertos, heridos y presos. Elecciones que fueron posibles porque el pueblo se echó a las calles y bloqueó caminos para evitar su postergación indefinida.

La victoria en el Plebiscito Nacional en Chile, que por más del 78% decidió su pueblo poner fin a la Constitución Política pinochetista mediante la convocatoria a una Asamblea Constituyente; victoria que ha sido posible gracias al “estallido social” iniciado en 2019, a partir de una medida típicamente neoliberal como el alza del pasaje público, con la movilización de millones de personas, a cuya vanguardia marcharon estudiantes y la juventud.

La derrota electoral de Donald Trump en las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos, aunque peleada, expresa una victoria democrática de los sectores más explotados y oprimidos de ese país, quienes votaron contra el proyecto capitalista, misógino, racista y xenofóbico del candidato republicano. Biden y los demócratas deben su victoria electoral al masivo voto de la comunidad afronorteamericana, de las mujeres, de la juventud y, salvo Florida, al voto de los hispanos.

Esta victoria contra el proyecto fascistoide de Trump no hubiera sido posible sin el amplio movimiento de mujeres que, desde el inicio de ese gobierno salieron a las calles por millones; sin la movilización de la juventud de izquierda norteamericana, que incluso estuvo detrás de Bernie Sanders en las primarias demócratas, tanto en 2016 como en 2019-2020; y sobre todo, esta derrota del proyecto racista se debe a la movilización de millones de personas en trono al movimiento Las Vidas Negras Importan (Blacks Lives Matter), que viene luchando desde hace años pero que tomó una enorme fuerza tras el horrible asesinato televisado de George Floyd, en Mineápolis en mayo pasado.

A estas derrotas de los proyectos de ultraderecha hay que sumar la de los principales candidatos del presidente Jair Bolsonaro en las elecciones municipales de Brasil del 15 de noviembre. Sus candidatos perdieron en los grandes centros urbanos, por ejemplo, en San Pablo, capital económica del país, el bolsonarista Celso Russomano llegó en cuarto lugar con poco más del 10% de los votos; la elección a alcalde de esa ciudad se decidirá entre el candidato del PSDB, Bruno Covas, que sacó 32% de los votos de la primera vuelta; frente al candidato del PSOL y el MTST, de la izquierda, Guilherme Boulos, que obtuvo el 20%.

A estas victorias democráticas habría que sumar el avance electoral del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), encabezado por Juan Dalmau Ramírez, que sacó un 14 % de votos en las elecciones del pasado 3 de noviembre.

Victoria que también se explica por el creciente descontento y movilización que data de 2016 al menos, cuando la grave crisis económica derivó en la imposición de una Junta Interventora colonialista impuesta por Estados Unidos, agravada por la pésima administración del desastre del huracán María en 2017 y la posterior renuncia forzada por la protesta popular del gobernador Ricardo Roselló, envuelto en escándalos de corrupción.

A todo lo cual debemos sumar ahora la movilización popular y juvenil del Perú, que ha derrotado en la calle un golpe de Estado de hecho, consumado desde el Congreso de la república, compuesto por diputados y partidos altamente desprestigiados por corruptos, que destituyeron a Martín Vizcarra para imponer a Manuel Merino, el cual a su vez ha debido renunciar el domingo 15 de noviembre a raíz de la represión y muerte de jóvenes en la enorme manifestación del día anterior contra el golpe parlamentario.

También podría sumarse entre las tantas derrotas del proyecto ultraderechista que parecía caminar exitosamente hace cuatro años por el continente: el fracaso golpista de Juan Guaidó, Estados Unidos y el Grupo de Lima contra Venezuela, que tendrá un correlato electoral el 6 de diciembre próximo; las movilizaciones indígenas, campesinas y estudiantiles en Colombia por los derechos humanos y la paz, y las acusaciones judiciales contra el paramilitar Álvaro Uribe; las movilizaciones juveniles y estudiantiles en Centroamérica de 2019: Panamá, Costa Rica, Honduras y Guatemala. El reprimido alzamiento juvenil nicaragüense de 2018 contra el pan neoliberal de Daniel Ortega, etc.

Por supuesto que, al igual que en la ola de victorias populistas de la primera década del siglo, las elecciones por sí solas no bastan para hacer cambios profundos en el sistema capitalista que nos empobrece, saquea, explota y oprime. Pero estas victorias son la gasolina para que los pueblos sigan movilizados y avancen exigiendo demandas económicas y democráticas que solo podrán cumplir, más temprano que tarde, gobiernos anticapitalistas consecuentes.

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