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El nuevo canciller brasileño tendrá que pensar en pequeño y concentrarse en la contención de daños

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carlos-alberto-francaSi es habilidoso, Carlos França logrará revertir parte del desmoronamiento del Ministerio de Asuntos Exteriores y mitigar un poco el impacto nocivo de Bolsonaro en la reputación internacional de Brasil

El nombramiento de Carlos França como sucesor de Ernesto Araújo al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores es una señal clara de que el presidente Jair Bolsonaro y su hijo Eduardo —los dos principales actores de la política externa brasileña— no pretenden permitir un giro en la estrategia internacional del país. França nunca estuvo al mando de ninguna embajada en el extranjero, no tiene poder político propio y difícilmente tendrá mucha libertad para tomar decisiones sin el consentimiento explícito de la familia Bolsonaro, que está en proceso de centralizar más si cabe el poder político en el Ejecutivo.

La política externa bolsonarista está siendo extremadamente popular con el ala más radical del bolsonarismo y, de este modo, cumple una función electoral altamente significativa. Los constantes ataques de Araújo a China, Argentina y a la Unión Europea hicieron vibrar las redes bolsonaristas, de igual forma que su decisión de elogiar a los invasores del Capitolio, el 6 de enero, ayudó a consolidar la narrativa del Gobierno para las elecciones de 2022: el supuesto fraude en EE UU podrían repetirse en Brasil el año que viene, con el fin de echar a Bolsonaro de la presidencia de modo ilegítimo.

Además, quien suponga que sería posible normalizar la política externa de Brasil sin una moderación fundamental de la política interna, sobrevalora el poder de la diplomacia. Brasil se ha convertido en un paria diplomático no por su canciller, sino por las políticas internas del Gobierno de Bolsonaro. Araújo aceleró el declive, pero no es el principal responsable. Incluso un diplomático altamente experimentado y habilidoso, que hubiera pasado por las principales embajadas del mundo —y Brasil cuenta con muchos de ellos—, no podría mantener unas relaciones plenamente productivas con los principales socios de Brasil. A diferencia de otros líderes autoritarios más sutiles, que mezclan gestos conciliatorios con afirmaciones radicales de manera convincente, a Bolsonaro le falta la ambigüedad que le permitirá a Carlos França relativizar y combatir, de forma eficaz, las malas noticias que la comunidad internacional lee sobre el país día sí, día no.

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A pesar de todo, si tiene mucha destreza, França podrá actuar en dos frentes para deshacer parte del estrago histórico que el bolsonarismo está causando en el ámbito externo. La primera tarea será limitar, hasta cierto punto, el uso de la política externa para animar a la base bolsonarista. El nuevo canciller dispondrá de tres aliados en esta misión: el Gobierno de Biden en el ámbito externo, y el Parlamento Nacional y el empresariado en el ámbito interno, ambos sensibles a las consecuencias desastrosas del legado de Araújo. Más que viajar por el mundo haciendo propaganda de Brasil —una iniciativa abocada al fracaso—, França tendrá que mirar hacia la política interna y establecer un diálogo constante con los líderes de la Cámara de Diputados y del Senado, así como con los del empresariado, para asegurarse de que ningún comentario o conducta en el ámbito externo provoque críticas en masa de senadores, diputados, asociaciones y presidentes de grandes empresas. En las conversaciones con estos sectores, el nuevo ministro de exteriores puede presentar el argumento obvio: el coste económico de atacar al globalismo en un mundo de Biden es mucho más alto que en tiempos de Trump, quien, pese a interesarse poco por Brasil, absorbía mucha atención en el debate global. El Gobierno de Biden ha dado señales de estar dispuesto a interpretar el cambio en el Ministerio de Exteriores como un gesto alentador, pero no dudará en optar por tomar medidas duras si no hubiera una disposición en reducir la deforestación. Evitar una ruptura con Biden será uno de los principales retos de França.

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